miércoles, 14 de diciembre de 2011

Los siete platos de arroz con leche

Lucio V. Mansilla, sobrino carnal de Rosas, recibe en Londres la noticia del pronunciamiento de Urquiza. En diciembre de 1851 llega a Buenos Aires. Sombrero de copa, levita muy larga y pantalón muy estrecho. «Ha llegado el niño Lucio». Urquiza está en camino. -¿Y cómo está mi tío?» «¿Y cómo está Manuelita?», pregunta el recién venido. Al día siguiente monta a caballo y va a pedir la bendición a su tío. Llegado allá, pregunta naturalmente por su prima. -La niña está en la quinta.» En efecto, en el llamado jardín de las magnolias está Manuelita rodeada de un gran séquito de admiradores, unos de pie, los otros sentados sobre el césped, «pero ella tenía a su lado, provocando las envidias federales y haciendo con su gracia característica, todo ameleochado, el papel de cavaliere servente», al sabio jurisconsulto don Dalmacio Vélez Sársfield». Palermo no es el centro social repugnante que dicen los enemigos, aunque el Restaurador campea allí con sus bufones y su extraordinaria ordinariez. «Rozas no es «un temperamento libidinoso, sino un neurótico obsceno.» Pero su hija es pura y afable. -Llegar, verme Manuelita y abrazarme, fué todo uno.» Vuelven a los salones. El recién llegado pide ver a su tío. Su prima sale para volver al rato. «Ahora te recibirá.» El joven Lucio, que ha rehusado un asiento en la mesa, porque debe volver a cenar en su casa, espera. Sigue esperando varias horas... La mirada de su prima contesta., «Ten paciencia. Ya sabes lo que es tatita.» Regresa de nuevo, conduce al postulante a través de muchas estancias, diciéndole al fin: «Voy a decirle a tatita». La pieza, sin alfombras, muestra lucientes baldosas, en una esquina, junto a una mesita de noche colorada, una cama de pino colorada con colcha de damasco colorado; en medio, una mesita de caoba con carpeta de paíío grana entre dos sillas de esterilla coloradas...
Yo me quedé en pie, conteniendo la respiración, como quien espera el santo advenimiento; porque aquella personalidad terrible, producía todas las emociones del cariño y del temor. Moverme, habría sido hacer ruido, y cuando se está en el santuario todo ruido es como una profanación, y aquella mansión era, en aquel entonces, para mí, algo más que un santuario.
Reinaba un profundo silencio, en mi imaginación al menos; los segundos me parecían minutos, horas los minutos. Mi tío aparece: era un hombre alto, rubio, blanco, semipálido, combinación de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran talla, de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol fría, lo mismo que sus concepciones; de cejas no muy guarnecidas; poco arqueadas, de movilidad difícil; de mirada fuerte, templada por lo azul de una pupila casi perdida por lo tenue del matiz, dentro de unas órbitas escondidas en concavidades inson- dables; de nariz grande, afilada y correcta, tirando más al griego que al romano; de labios delgados, casi cerrados, como dando la medida de su reserva, de la firmeza de sus resoluciones; sin pelo de barba, perfectamente afeitado, de modo que el juego de sus músculos era perceptible... Agregad a esto una apostura fácil, recto el busto, abiertas las espaldas, sin esfuerzo estudiado, una cierta corpulencia del que toma su embonpoint, un traje que consistía en un chaquetón de paño azul, en un chaleco colorado, en unos pantalones azules también; añadid unos cuellos altos, puntiagudos, nítidos y unas manos perfectas como formas, y todo limpio hasta la pulcritud y todavía sentid y ved, entre una sonrisa que no llega a ser tierna, siendo afectuosa, un timbre de voz simpático hasta la seducción y tendréis la vera efigies del hombre que más poder ha tenido en América.
Así que mi tío entró, yo hice lo que habría hecho en mi primera edad: crucé los brazos y le dije, empleando la fórmula patriarcal, la misma, mismísima que empleaba con mi padre, hasta que pasó a mejor vida:
-La bendición, mi tío.
Y él me contestó:
-¡Dios lo haga bueno, sobrino!
Sentóse incontinenti en la cama, que antes he dicho había en la estancia, cuya cama (la estoy viendo), siendo muy alta, no permitía que sus pies tocaran en el suelo, e insinuándome que me sentara en la silla que estaba al lado.
Nos sentamos... Hubo un momento de pausa, que él interrumpió, diciéndome:
-Sobrino, estoy muy contento de usted...-
Es de advertir que era buen signo que Rozas tratara de usted; porque cuando de tú trataba, quería decir que no estaba contento de su interlocutor, o por alguna circunstancia del momento fingía no estarlo.
Yo me encogí de hombros, como todo aquél que no entiende el por qué de su contentamiento.
-Sí, pues -agregó-, estoy muy contento de usted (y esto lo decía balanceando las piernas que no alcanzaban al suelo, como ya lo dije), porque me han dicho -y yo había llegado recién el día antes. ¡Qué buena no sería su policía!- que usted no ha vuelto agringado.
Yo había vuelto vestido a la francesa, eso sí, pero potro americano hasta la médula de los huesos todavía, y echando unos ternos que era cosa de taparse las orejas.
Yo estaba ufano. No había vuelto agringado. Era la opinión de mi tío.
-¿Y cuánto tiempo ha estado usted ausente? - agregó él. Lo sabía perfectamente. Había estado resentido; no, mejor es la palabra «enojado», porque diz que me habían mandado a viajar sin consultarlo. Comedia.
Cuando mi padre resolvió que me fuera a leer en otra parte el Contrato Social, veinte días seguidos estuve yendo a Palermo sin conseguir verlo a mi ilustre tío.
Manuelita me decía, con su sonrisa siempre cariñosa:
-Dice tatita que mañana te recibirá.
El barco que salía para Calcuta estaba pronto. Sólo me esperaba a mí. Hubo que empezar a pagarle estadías. Al fin mi padre se amostazó y dijo-.
-Si esta tarde no consigues despedirte de tu tío, mañana te irás de todos modos; ya esto no se puede aguantar.
Mas esa tarde sucedió la que las anteriores: mi tío no me recibió. Y al día siguiente yo estaba singlando con rumbo a los hiperbóreos mares.
Sí, el hombre se había enojado; porque, algunos días después, con motivo de un empeño o consulta que tuvo que hacerle mi madre, él le arguyó:
-Y yo, ¿qué tengo que hacer con eso? ¿Para qué me meten a mí en sus cosas? ¿No lo han mandado al muchacho a viajar, sin decirme nada?
A lo cual mi madre observó:
-Pero, tatita (era la hermana menor y lo trataba así), si ha venido veinte días seguidos a pedirte la bendición, y no lo has recibido - replicando él:
-Hubiera venido veintiuno.
Lo repito: él sabía perfectamente que iban a hacer dos años que yo me había marchado, porque su memoria era excelente. Pero, entre sus muchas manías, tenía la de hacerse el zonzo y la de querer hacer zonzos a los demás. El miedo, la adulación, la ignorancia, el cansancio, la costumbre, todo conspiraba en favor suyo, y él en contra de sí mismo.
No se acabarían de contar las infinitas anécdotas de este complicado personaje, señor de vidas, famas y haciendas, que hasta en el destierro hizo alarde de sus excentricidades. Yo tengo una inmensa colección de ellas. Baste por hoy la que estoy contando.
Interrogado, como dejé dicho, contesté:
-Van a hacer dos años, mi tío.
Me miró y me dijo:
-¿Has visto mi Mensaje?
-¿Su Mensaje? -dije yo para mis adentros-. ¿Y qué será esto? No puedo decir que no, ni puedo decir que sí, ni puedo decir qué es... - y me quedé suspenso.
El, entonces, sin esperar mi respuesta, agregó:
Baldomero García, Eduardo Lahite y Lorenzo Torres dicen que ellos lo han hecho. Es una botaratada. Porque así, dándoles los datos, como yo se los he dado a ellos, cualquiera hace un Mensaje. Está muy bueno, ha durado varios días la lectura en la sala. ¿Qué? ¿No te han hablado en tu casa de eso?
Cuando yo oí lectura, ernpecé a colegir, y como desde niño he preferido la verdad a la mentira (ahora mismo no miento sino cuando la verdad puede hacerme pasar por cínico), repuse instantánearnente:
-¡Pero, mi tío, si recién he llegado ayer!
-¡Ah!, es cierto; Pues no has leído una cosa muy interesante; ahora vas a ver - y esto diciendo, se levantó, salió y me dejó solo.
Yo me quedé clavado en la silla, y así como quien medio entiende (vivía en un mundo de pensamientos tan raros), vislumbré que aquello sería algo como el discurso de la reina Victoria al Parlamento, ¿pues, qué otra explicación podría encontrarle a aquel «ahora vas a ver»?
Volvió el hombre que, en vísperas de perder su poderío, así perdía el tiempo con un muchacho insubstancial, trayendo en la mano un mamotreto enorme.
Acomodó simétricamente los candeleros, me insinuó que me sentara en una de las dos sillas que se miraban, se colocó delante de una de ellas de pie, y empezó a leer desde la carátula, que rezaba así -
-«iViva la Confederación Argentina!» --¡Mueran los Salvajes Unitarios!.
--¡Muera el loco traidor, salvaje Unitario Urquiza!-
Y siguió hasta el fin de la página, leyendo hasta la fecha 1851, pronunciando la ce, la zeta, la ve y be, todas las letras, con la afectación de un purista.
Y continuó así, deteniéndose de vez en cuando, para ponerme en aprietos gramaticales con preguntas como éstas - que yo satisfacía bastante bien, porque, eso sí, he sido regularmente humanista, desde chiquito, debido a cierto humanista, don Juan Sierra, hombre excelente, del que conservo afectuoso recuerdo-
-Y aquí, ¿por qué habré puesto punto y coma, o dos puntos, o punto final?
Por ese tenor iban las preguntas, cuando, interrumpiendo la lectura, preguntóme:
-¿Tiene hambre?
Ya lo creo que había de tener; eran las doce de la noche y había rehusado un asiento en la mesa al lado del doctor Vélez Sársfield, porque en casa me esperaban. . .
-Sí - contesté resueltamente. Pues voy a hacer que te traigan un platito de arroz con leche
El arroz con leche era famoso en Palermo, y aunque no lo hubiera sido, mi apetito lo era; de modo que empecé a sentir esa sensación de agua en la boca, ante el prospecto que se me presentaba de un platito que debía ser un platazo, según el estilo criollo y de la casa.
Mi tío fué a la puerta de la pieza contigua, la abrió y dijo- -Que traigan a Lucio un platito de arroz con leche.
La lectura siguió.
Un momento después, Manuelita misma se presentó con un enorme plato sopero de arroz con leche, me lo puso por delante y se fué.
Me lo comí de un sorbo. Me sirvieron otro, con preguntas y respuestas por el estilo de las apuntadas, y otro, y otros, hasta que yo dije: -Ya, para mí, es suficiente.
Me había hinchado; ya tenía la consabida cavidad solevantada y tirante como caja de guerra templada; pero no hubo más; siguieron los platos - yo comía maquinalmente, obedecía a una fuerza superior a mi voluntad...
La lectura continuaba.
Si se busca el Mensaje ése, por algún lector incrédulo o curioso, se hallará en él el período que comienza de esta manera: «El Brasil, en tan punzante situación». Aquí fuí interrogado, preguntándoseme -
-¿Y por qué habré puesto punzante?
Como el poeta pensé - que en mi vida me he visto en tal aprieto. Me expliqué. No aceptaron mi explicación. Y con una retórica gauchesca, mi tío me rectificó, demostrándome cómo el Brasil lo había estado picaneando, hasta que él había perdido la paciencia, rehusándose a firmar un tratado que había hecho el general Guido. . . Ya yo tenía la cabeza como un bombo - y lo otro tan duro, que no sé cómo aguantaba.
El, satisfecho de mi embarazo, que lo era por activa y por pasiva, y poniéndome el mamotreto en las manos, me dijo, despidiéndome:
-Bueno, sobrino, vaya nomás y acabe de leer eso en su casa -agregando en voz más alta-: Manuelita, Lucio se va.
Manuelita se presentó, me miró con una cara que decía afectuosamente -Dios nos dé paciencia» y me acompañó hasta el corredor, que quedaba del lado del palenque, donde estaba mi caballo.
Eran las tres de la mañana.
En mi casa estaban inquietos, me habían mandado buscar con un ordenanza.
Llegué sin saber cómo no reventé en el camino.
Mis padres no se habían recogido.
Mi madre me reprochó mi tardanza con ternura. Me excusé diciendo que había estado ocupado con mi tío.
Mi padre, que, mientras yo hablaba con mi madre, se paseaba meditabundo viendo el mamotreto que tenía debajo del brazo, me dijo:
-¿Qué libro es ése?
-Es el Mensaje que me ha estado leyendo mi tío... -¿Leyéndotelo?. . . -Y esto diciendo, se encaró con mi madre y prorrumpió con visible desesperación-: ¡No te digo que está loco tu hermano!
Mi madre se echó a llorar.
(Algún tiempo después de esta ocurrencia, el general Mansilla y su hijo Lucio, de paso para Francia, visitan a su pariente en su destierro de Southampton. Con Rozas, siempre de chaleco colorado, están allí su hijo Juan y su esposa, Manuelita, Terrero y un negrito a quien el amo apoda Míster. Manuelita, que anda aún con su moño colorarlo, y a quien el general Mansilla observa que «ese parche colorado no está bien-, contesta: -No me lo sacaré mientras no me lo manden». Un día, mientras el general y Manuelita están de sobremesa, el joven Lucio, por pedido de aqueIla, va a entretener a su tío, que ha ido a sentarse solo, en una salita próxima. Ambos callan, observándose muy al disimulo. El ex dictador habla al fin.
-¿En qué piensa, sobrino?
-En nada, señor.
-No, no es cierto; estaba pensando en algo.
No, señor. ¡Si no pensaba en nada!
-Bueno, si no pensaba en nada cuando le hablé, ahora está pensando ya.
-¡Si no pensaba en nada, mi tío!
-Si adivino, ¿me va a decir la verdad?
Me fascinaba esa mirada que leía en el fondo de mi conciencia, y maquinalmente, porque habría querido seguir negando, contesté:
-Sí.
-Bueno -repuso él-, ¿a que estaba pensando en aquellos platitos de arroz con leche, que le hice comer en Palermo, pocos días antes de que el «loco» (el loco era Urquiza) llegara a Buenos Aires?
Y no me dió tiempo para contestarle, porque prosiguió-
-¿A que cuando llegó a su casa a deshoras, su padre (e hizo con el pulgar y la mano cerrada una indicación hacia el comedor) le dijo a Agustinita: no te digo que tu hermano está loco?
No pude negar, queriendo; estaba bajo la influencia del magnetismo de la verdad - y contesté, sonriéndome:
-Es cierto.
Mi tío se echó a reír burlescamente.

La vida en la epova del virreinato

"En las calles de Buenos Aires no se ven, en las horas de la siesta más que médicos y perros". Así describía a la Gran Aldea un viajero francés. Y es que el pasatiempo preferido de los porteños era dormir la siesta. Tampoco había mucho que hacer. Las actividades principales eran la ganadería y el comercio, que se manejaban con poca mano de obra y una visita cada tanto a los lugares de producción y servicio. Ir de shopping llevaba muy poco tiempo. Bastaba atravesar la Plaza de la Victoria (actual plaza de Mayo) y recorrer la Recova donde estaban los puestos de los "bandoleros", como se llamaba entonces a los merceros frente a una doble fila de negocios de ropa y novedades.
Las diversiones
Convocaban por igual a ricos y pobres las corridas de toros. En 1791 el virrey Arredondo inauguró la pequeña plaza de toros de Monserrat (ubicada en la actual manzana de 9 de julio y Belgrano) con una capacidad para unas dos mil personas. Pero fue quedando chica, así que fue demolida y se construyó una nueva plaza para 10.000 personas en el Retiro en la que alguna vez supo torear don Juan Lavalle.
El pato, las riñas de gallo, las cinchadas y las carreras de caballo eran las diversiones de los suburbios orilleros a las que de tanto en tanto concurrían los habitantes del centro. Allí podían escucharse los "cielitos", que eran verdaderos alegatos cantados sobre la situación política y social de la época.
Las damas también gustaban de las corridas de toros pero preferían el teatro, la Opera y las veladas, que eran reuniones literarias y musicales realizadas en las casas. Eran la ocasión ideal para conseguir novio.
Los negros
Apenas siete años después de la segunda fundación de Buenos Aires, en 1587, se produjo el primer desembarque de africanos esclavos en Buenos Aires. Las travesías del Atlántico eran terribles. Viajaban amontonados sin las más mínimas condiciones sanitarias, mal alimentados y sometidos a la brutalidad de los traficantes.
Buenos Aires era una especie de centro distribuidor de esclavos. Desde aquí se los vendía y se los llevaba a los distintos puntos del virreinato. En Buenos Aires a los esclavos negros se los ocupaba sobre todo en las tareas domesticas como sirvientes en las casas de las familias más adineradas.
A pesar de la esclavitud, los negros de Buenos Aires y Montevideo no perdieron sus ganas de vivir e hicieron oír sus candombes y milongas y aportaron palabras a nuestro vocabulario como mucama, mandinga (el diablo) y tango.
El teatro
Una vez a la semana "la parte más sana del vecindario", como definía el Cabildo a sus miembros, es decir, los propietarios porteños, concurría al teatro para asistir a paquetas veladas de ópera y a disfrutar de las obras de teatro de Lavardén. Desde que la inaugurara el Virrey Vértiz en 1783, la Casa de Comedias, conocida como el Teatro de la Ranchería, se transformó en el centro de la actividad lírica y teatral de Buenos Aires hasta su incendio en 1792. En 1810 pudo reabrirse el Coliseo Provisional de Comedias dando un nuevo impulso al arte dramático.
El primer periódico de la colonia y la primera censura a la prensa
Durante el virreinato de Joaquín del Pino comienza a publicarse en Buenos Aires El Telégrafo Mercantil, el primer periódico de nuestra historia. El numero 1 apareció el primero de abril de 1801. Pero como el periódico decía cosas que molestaron al poder, fue clausurado por orden del virrey en octubre de 1802.
Las comunicaciones
Muy lejos del teléfono y la internet, los habitantes del virreinato se comunicaban por carta. Pero, ¿cuánto tardaba en llegar una carta a destino? Dependiendo lógicamente de las distancias, desde una semana a seis meses.
Las cartas eran llevadas a caballo a través de las postas, donde descansaban los mensajeros y cambiaban de caballo. Desde Buenos Aires tres veces por año salía un hombre a caballo hacia Chile, otro hacia el Perú y otro al Paraguay. Así que... había que armarse de paciencia. Con el tiempo aparecieron las galeras tiradas por varios caballos que transportaban pasajeros y correspondencia, acelerando los tiempos de llegada de las cartas.
En 1747 se creó el correo, pero recién con la apertura del puerto se regularizo la correspondencia con España.
El Consulado
Durante el virreinato de Arredondo se creó el Consulado en 1794, un organismo destinado a organizar la vida económica de la Colonia. Controlaba a los comerciantes para que no aumentaran injustificadamente sus precios y para que no engañaran a sus clientes con los pesos y medidas de sus mercaderías.
El primer secretario fue un joven criollo que había estudiado en Europa las más modernas teorías económicas, Manuel Belgrano, quien en los informes anuales del consulado aconsejara a las autoridades fomentar la industria y las artes productivas.

LA CASA DE GARDEL SE VISTIÓ DE FIESTA A 121 AÑOS DE SU NACIMIENTO

El domingo 11 de Diciembre, Día Nacional del Tango en conmemoración al nacimiento del cantor emblemático e indiscutido del género y al de Julio De Caro, (revolucionario del 2x4) la casa que Carlos Gardel le compró a su madre fue escenario de lujo para celebrar la fecha junto a nuevos valores del tango.
GABY
Con importante afluencia de público y por iniciativa de la Sub-Secretaría de Cultura del Gobierno de la ciudad desde las 17 hs desfilaron numerosos jóvenes por el patio interno de la "casa chorizo" sita en calle Jean Jaurés 735 de la Capital Federal, hoy Museo Casa Carlos Gardel.
GABY Y ALICIA POMETTI
Alberto Peinado, Alicia Pometti, Jorge Córdoba, Laly Martinez, Nazareno Altamirano (guitarra), Sergio Veloso, los bailarines Julio y Adriana, el ganador del certamen Hugo del Carril 2011 Sergio Veloso, Lulú y Gaby “La Voz Sensual del Tango” fueron los artistas que ofrecieron su talento para homenajear al zorzal criollo, nada menos que en el mismo patio donde mateaba con su madre.
Otro festejo paralelo se vivió aquella tarde de domingo ya que la cantante Lulú también celebra su santo el 11 de diciembre. Esta simpática cantante arrabalera que recuerda a Tita Merello en su decir fue la encargada de poner broche de oro a la calurosa tarde tanguera.
Antes, Gaby emocionó  a los presentes con tangos como Una emoción, la milonga El Zorzal, Revolver (estos últimos de Dorita Zárate y Jairo-Salzano respectivamente, dedicados a Carlos Gardel) y Tomo y obligo.
Sin duda el lugar fue intimidante para los jóvenes tangueros por su carga simbólica y emotiva, todos aseguraron sentirse elogiados por la convocatoria en un día tan importante y en el lugar más ligado al morocho del abasto. Por su parte el público demostró respeto y satisfacción ante las diferentes propuestas de los artistas.
LULU
El inmueble  de la sede del Museo Casa Carlos Gardel fue adquirido por Carlos Gardel para su madre, Berta Gardés, en 1927, a través de un crédito del Banco Nación. Allí vivieron juntos hasta 1933, último año de la estancia del cantante en Buenos Aires antes de viajar a Francia. Desde entonces, su madre compartió la vivienda con su amiga Anaís Beaux y el compañero de ésta, Fortunato Muñiz, quienes la habían empleado en su taller de planchado cuando llegó al país. Al morir Berta, en 1943, la casa quedó en manos de Armando Defino, último representante de Gardel.
Hoy puede disfrutarse allí de una importante colección de objetos originales del mítico cantor como así también sectores especiales dedicados a sus guitarristas, a Tita Merello y otros importantes exponentes del tango.

La leyenda del Caldén

En una pacífica tribu ranquelina mapuche, de las tantas que habitaban LA PAMPA vivía Huitrú, un peñí que correteaba como todos, por esta mapu que le pertenecía.
Era hostil y rebelde y, aunque pequeño, se daba cuenta de las penurias, sufrimientos y persecuciones de las que eran objeto.
Fue creciendo. Se convirtió en un joven fuerte y valeroso, con un solo ideal defender a su raza de las opresiones. Por esta causa fue perseguido y hostigado por sus caiñé.
Un día, al resistirse al saqueo de la toldería, fue capturado y mostrado como trofeo por sus adversarios, llevándolo lejos del lugar.
Esa misma noche, amparándose en la oscuridad reinante, logró escapar para buscar ayuda en otras tribus cercanas.
Cuando sus caiñé notaron que el indómito y bravo joven se había fugado, comenzaron a perseguirlo.
En su huida, Huitrú no se dio cuenta que se internaba cada vez más en el corazón del monte pampeano. En un momento se encontró enredado en unos bajos y enmarañados arbustos, y por más que luchó no pudo desligarse de sus ataduras.
Estaba sediento. Su cuerpo sangraba por las heridas que habían provocado las ramas y las relín. Su mollfun iba filtrándose en el suelo y atándolo cada vez mas.
Al verse perdido se encomendó a su Dios, guitu wuta chao, para que amparara a su raza a costa de su propia vida y, por un designio de éste, se lo vio de pronto convertido en un árbol frondoso, destinado a brindar alimento y sombra a sus peñi y a los animales, que serian los encargados de multiplicarlo por toda La Pampa.
Al amanecer, cuando sus hermanos y sus adversarios aún lo buscaban, sólo hallaron un imponente árbol en medio de estas extensas llanuras. El huitrú tenía las ramas cubiertas de relín, para defenderse de quienes lo quisieran cortar, y su mollfun se había convertido en una larga raíz buscando agua para saciar su sed, en lo más profundo de la mapu y poder aferrarse al hué que lo vio nacer. En el tronco se notaban las heridas sangrantes que el mapuche se hizo al huir.
Así como Huitrú (caldén) arraigado a este suelo, su raza sigue luchando por los derechos en estas tierras, afirmándose con fuerza y valor. Por eso, cuando se destruye un caldén, se mata un antepasado

Alfredo Abalos: uno de los grandes nombres de la canción folklórica

Alfredo Abalos atiende el teléfono desde Rosario, donde fue a cantar como lo hace casi desde siempre, en su incesante peregrinar por el interior del país. Acaba de sufrir un pequeño susto, una indisposición que obligó a una rápida internación, pero ya está repuesto, listo para volver a Santiago del Estero, y respondiendo afirmativo y polémico como es su costumbre. Se manifiesta orgulloso de que su último CD, Te digo, chacarera sea editado por Página/12, y explica que el disco contiene “las cosas que he venido haciendo durante toda mi vida. Siempre digo que he tratado de hacer buena música, no me interesa cantar pavadas para vender cien discos más. Yo canto cosas con fundamento, que me gusten, trato de marcar un camino, sobre todo a la juventud. Canciones que tengan melodía, un lindo mensaje, y que sean folklóricas, que tengan una gran dosis de música tradicional argentina, eso es fundamental”.
–La mayoría de las canciones son compuestas por usted, o alguno de sus hijos.
–También hay de otros autores, como Ariel Petrocelli y Hugo Díaz, o Julio Argentino Jerez. Son cosas que voy escuchando y que me gustan, por eso es que tardo tanto tiempo entre un disco y otro, porque no es cuestión de ponerse a cantar cualquier cosa. No hay otro camino que hacer las cosas con seriedad, no me voy a poner a pelotudear a esta altura de mi vida. Cuando grabo, siempre busco alguna gente que admiro para que me acompañe. En Te digo, chacarera está el maestro Carlos García en dos temas, y Lalo Homer y el Negro Gómez, de Los Andariegos, en guitarras. Y después mis hijos, Martín y Santiago Abalos Santillán, que tocan guitarras, violín y bombo. Para el próximo disco, pienso invitar a Luis Salinas.
–¿Escucha rock, también?
–Un poco, por reflejo. Mi hijo Martín, que toca la guitarra conmigo, es fanático de Los Redondos, se va a todos los recitales.
–Usted es reconocido como un gran intérprete del folklore santiagueño. ¿Qué es lo que hace tan particular a la música de esta región?
–La música de Santiago tiene un corte muy especial, sobre todo la chacarera, que es un ritmo impresionante. Cuando entró Diego de Rojas en Santiago, en el siglo XIV, venía con mucha gente del Cuzco, que hablaba quichua, y con negros. Quedó el ritmo del negro y el idioma quichua, que todavía se habla muchísimo. Y además la guitarra española, toda esa simbiosis entre Africa, Europa y América. A fines de 1800, en Santiago del Estero había una gran población negra, sólo en Salavina había más de 8000. De ahí el bombo, y el swing de la música de Santiago. Por otro lado hay un misterio que no se puede expresar con palabras, el santiagueño es músico por naturaleza, por ahí te vas al medio del monte, y en un rancho perdido aparece un viejo de 80 años que agarra el violín y uno no puede creer las melodías que toca.
–También se dice que usted es un especialista en chacareras truncas, pero mucha gente no sabe lo que es.
–La chacarera trunca tiene una síncopa especial, el último compás es como que te deja con la pata en el aire, de ahí lo de “trunca”, es como que termina anticipadamente.
Curiosamente, este cantor y bombisto que se convirtió en sinónimo de Santiago del Estero, nació en San Fernando hace 66 años y se crió en Ranchos, en la provincia de Buenos Aires. Pero mientras hacía el secundario en San Isidro, donde su “barra” estaba integrada por gente como el Chango Farías Gómez y Hernán Figueroa Reyes, ya se sentía atraído por Santiago. “Volvía a Buenos Aires porque tenía compromisos, pero un buen día me quedé, hace ya 35 años. Yo amo Santiago, su gente, su música, sus comidas, sus tradiciones.” Si bien no tiene ningún parentesco con los Hermanos Abalos, es una confusión que lo ha perseguido toda la vida. Peroa Alfredo le gusta recordar a ellos y otros grandes músicos de Santiago, así como los grandes asados que hacían en su casa. “Quemábamos una vaca, como dice un amigo, y hacíamos unas juntadas con Sixto Palavecino, Felipe Corpo, Orlando Jerez, Miguel Simón, Pablo Raúl Trullenque, Rodolfo Dalera –de Los Chaskis, que en aquella época se llamaban Los Calchakis–, mi mujer, Muni, que también cantaba, no sabés lo que era escuchar ese nivel de músicos y cantores.”
–Hace poco estuvo festejando sus 50 años con la música, con un recital en el ND Ateneo.
–Sí, es lindo recordar tantos años de andar, y festejar con amigos como Luis Salinas, Hugo Casas, Colacho Brizuela. Tengo muchos recuerdos hermosos, agradezco haber vivido esas épocas. Yo era changuito cuando empecé, y me entreveraba con la gente que sabía para aprender. Le llevaba la guitarra al dúo Arbós-Narváez, andaba con el Gordo Troilo, que un día me escuchó cantar y le gustó. Me dijo “vos cantás lindo, pibe, sentate aquí al lado mío”, y me cantaba unos estilos criollos hermosos. Alfredo De Angelis, que me mandó a mi primer profesor de canto en Buenos Aires. Rogelio Araya, un gran cantor, Miguel Angel Trejo, un pianista impresionante. Gente que ha sido grande para la música argentina, pero parecería que éste es un país programado para olvidar a los grandes músicos; la penetración cultural es tremenda. Y un pueblo sin identidad está a un paso de la dominación. Ese es el problema que a mí me preocupa constantemente, y vivo renegando por eso.
Sin embargo, Abalos se muestra esperanzado por el resurgir del folklore que ve en su provincia. “En este momento en Santiago hay un semillero impresionante de chicos jóvenes, que están cantando y haciendo música. Se escucha muchísimo folklore, en ese aspecto estamos contentos porque no hemos sembrado en vano. Por otra parte, ando todo el año recorriendo el país, cantando en todos lados, y donde voy recibo el cariño de la gente, te brindan su casa, su familia, su auto, todo lo que te puedan dar para que tengas una hermosa estadía. Eso que es lo más hermoso que le puede pasar al cantor.” (Claudio Kleiman, Página\12.)                 El Coyuyo y la tortuga Alfredo Abalos. A su talento como cantor, une su dignidad y valentia. Tal vez por eso no suele recibir los honores frivolos que prodigan habitualmente los poderes de turno.

Gaby “La Voz Sensual Del Tango” deslumbro en la segunda noche del Festival de Tango en Justo Daract(San Luis)

El alma de la joven bahiense sedujo a los asistentes que llenaron, hasta el último rincón, el Anfiteatro de Los Sueños de Justo Daract. La dulzura de su voz, y la energía de sus movimientos se unieron en una fiesta del tango. Y es que la sensual morocha de la voz de sirena deleitó a quienes paladearon su dulzura mientras que los atrapó, como los seres mitológicos del Mediterráneo atraían a los marineros. La conexión con el público fue directa, la cantante se permitió definir el concepto de “tango”. “Alma”, según la musa que dominó el escenario con una fuerza milimétricamente  improvisada y alumbrada por el secreto de la noche con interpretaciones geniales  de “Esta Noche de Copas”, “Cuando Estemos Viejos”,”No Soy de Aquí” y”La Copa Rota”. Un cálido y cariñoso aplauso le regaló el público al culminar su primera interpretación que la joven catalogó como “uno de los mayores de su carrera”. Es de destacar la calidad del trio de músicos que la acompaño compùesto por Miguel Irazu y Alberto Becerra en Guitarras y Oscar Gonzalez en bandoneon
La voz de Gaby es sin duda una de las voces más dulces, consigue transmitir todo un cúmulo de sensaciones impresionantes y su peculiar fraseo, está cargado de una gran profundidad tanto de contenido como de sentimientos. Ante este portento bahiense sólo se  puede aplaudir y decir ¡bravo!

EL POLIFACETICO JUAN ROMERO PRESENTA SU ULTIMO LIBRO "EL TURNO"

EL TURNO
Sinopsis
 
Un adolescente recupera su identidad de la forma menos pensada, de ahí en más su vida dará un giro que lo golpeará de lleno contra el mundo real y lo abandonará en la más absoluta indefensión ideológica. Sus apropiadores no podrán mantener el simulacro de familia que habían construido y los símbolos de una sociedad retrógrada, y en progresiva decadencia, terminarán alejándolo definitivamente de la clase que lo mantuvo cautivo durante años.
 
La historia de Alberto, protagonista de la novela, que no es sencilla por la cantidad de falsificaciones que vamos a encontrar en su vida, puede remitirnos a varios casos conocidos, de hijos recuperados, o darnos una idea de los que aún faltan por resolver, pero en ningún momento va a permitirnos evadir la responsabilidad que nos cabe a cada uno de nosotros, en el turno que nos ha tocado en suerte.
 

BiografíaJuan Romero nació un veintiséis de julio de 1962 en Villa Bosch, es profesor de música y dibujante técnico. Ha escrito artículos  de opinión en distintos periódicos de Buenos Aires y desparramado poemas por toda La Argentina. Dice lo que piensa e intenta actuar de acuerdo a lo que dice. Lleva editados siete libros (3 de poesía; 2 novelas; 2 libros de cuentos), un par de discos (el último fue semifinalista en los premios Gardel de la música) y dos obras de teatro.
Los oficios terrestres le han servido para sobrevivir a las peores crisis económicas; ha trabajado como repositor en un supermercado, como peón de albañil, como taxista, o como empleado de limpieza, trabajos matizados con intermitentes arrebatos políticos y por la música, su principal aliada e inspiradora en el momento de sentarse a escribir.
La comunicación mediante la palabra, la búsqueda constante del término exacto, que acorte distancias entre las distintas generaciones de argentinos,  y los cuentos que no dejan de plasmarse en cuanta hoja de papel se le atreva a sus duendes, son las razones por las que escribe sin pausa.
Sus palabras no hacen más que precisar la transgresión que persiste, incólume, en cada uno de sus escritos.