El 12 de junio de 1956, en la antigua penitenciaría de la calle Las Heras, fue fusilado el general Juan José Valle, líder del frustrado levantamiento cívico-militar del 9 de junio contra el gobierno del general Pedro Eugenio Aramburu. Aramburu había asumido el gobierno de facto el 13 de noviembre de 1955, tras la autodenominada “Revolución Libertadora”, que derrocó a Juan Domingo Perón en septiembre del mismo año. Durante su gobierno se intervino la CGT, se persiguió a la clase dirigente peronista, y hasta se prohibió todo tipo de mención de términos o frases vinculadas al peronismo. En la noche del 9 de junio el general Juan José Valle encabezó una asonada con focos aislados en Buenos Aires, La Plata y La Pampa. El intento concluyó al cabo de unas pocas horas. Tres días más tarde, el 12 de junio de 1956, el general Valle fue fusilado. La represión costó la vida de más de veinte personas, militares y civiles.
A continuación reproducimos la proclama dirigida al país por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco en la noche del 9 de junio de 1956.
Proclama
Al pueblo de la Nación
Las horas dolorosas que vive la República, y el clamor angustioso de su Pueblo, sometido a la más cruda y despiadada tiranía, nos han decidido a tomar las armas para restablecer en nuestra Patria el imperio de la libertad y la justicia al amparo de la Constitución y las leyes.
Como responsable de este Movimiento de Recuperación Nacional integrado por las Fuerzas Armadas y por la inmensa mayoría del Pueblo –del que provienen y al que sirven-, declaramos solemnemente que no nos guía otro propósito que el de restablecer la soberanía popular, esencia de nuestras instituciones democráticas, y arrancar a la Nación del caos y la anarquía a que ha sido llevada por una minoría despótica encaramada y sostenida por el terror y la violencia en el poder.
Conscientes de nuestra responsabilidad ante la historia, comprendemos que nuestra decisión es el único camino que nos queda para impedir el aniquilamiento de la República en una lucha estéril y sangrienta entre hermanos, cada día más inevitable e inminente…
¡Viva la patria!
Movimiento de Recuperación Nacional
General de División Juan José Valle
General de División Raúl Tanco
Buenos Aires, 9 de junio de 1956.
El Centro de Estudios y Difusión de la Cultura Popular Argentina tendrá a su cargo investigar, estudiar, proponer y divulgar las actividades culturales vinculándolas al desarrollo social, mediante la protección y difusión del patrimonio cultural tangible e intangible de la cultura popular argentina.
martes, 9 de junio de 2015
viernes, 22 de mayo de 2015
La semana de Mayo de 1810
Viernes 18 de mayo,
Saavedra vive en San Isidro y parte hacia Buenos Aires
“Que la España se ha perdido, que el rey está prisionero, se dice que quieren quitar al señor Virrey el mando… formar una junta”.
El 18 de mayo, Buenos Aires se enteraba que las fuerzas francesas dominaban ya casi toda España. El Virrey Cisneros trataba de ganar tiempo, asegurando a quien quisiera oírlo que las autoridades coloniales no habían caducado y que los virreyes americanos asumirían el mando.
Sábado 19 de mayo y Domingo 20: Saavedra cree que hay que contener los desbordes, se habla de desaforados que quieren matar al sordo… así le decían a Cisneros. Mientras el Virrey declaraba que eran “sediciosos secretos”, Belgrano y Saavedra actuaban sin ningún sigilo. Entre los más decididos está Martín Rodríguez Peña: es preciso convocar al pueblo y deponer al Virrey. En la casa de Peña están reunidos Castelli, Belgrano, Vieytes, Moreno, Paso, Saavedra es recibido allí el 19 y todos deciden que vaya junto con Belgrano a exigirle al alcalde de primer voto Lezica que llame a Cabildo Abierto, la idea es evitar una pueblada.
Le dan a Lezica el fin de semana, para que convenza al Virrey que si el lunes no hay Cabildo abierto obraran de nuestra cuenta, o sea sin el visto bueno de las autoridades.
El domingo Lezica se reúne con todos los cabildantes, y deciden rogar al virrey que acepte “la convocación del vecindario”.
El domingo 20 por la noche, el virrey recibe a los comandantes de los cuerpos en la fortaleza, y les dijo que si no lo acompañaban eran sediciosos.
Saavedra, según las fuentes no fue cortante con el Virrey, y eso levantó sospechas sobre su decisión. Aunque los acontecimientos demostraron que en realidad lo que hacía era ganar tiempo. El comandante Martín Rodríguez y otros oficiales secundaron a Saavedra, y todos en el Fuerte exigieron al Virrey el llamado a Cabildo Abierto. Cisneros estaba rodeado y aceptó a regañadientes.
Lunes 21 de mayo: la plaza, los portales de la Recova, estaban llenos de gente, a las 8 de la mañana llegaban los cabildantes y la gente empezó a gritarles Cabildo abierto. Se decide que las tropas de Saavedra vigilarán las calles de entrada a la plaza y se remiten las invitaciones a Cabildo abierto “sin etiqueta” y en calidad de vecino.
Martes El 22 de mayo
Cabildo Abierto:
Martes 22 de mayo. Los p. 72 y 73 peninsulares solo tienen 23 votos de defensa del virrey pero gana la moción de removerlo y nombrar un gobierno nuevo.
El virrey Cisneros y todas las autoridades coloniales se presentaron ante el Cabildo con un muy buen argumento: ¿cómo se podía hacer cesar al Virrey sin consultar a las demás provincias del Virreinato? El planteo lo hizo el fiscal Villota frente a los 450 vecinos reunidos en la Sala, y los patriotas se quedaron sin aliento….
Había algunos armados fuera, en la plaza, la calle y las escaleras interiores del Cabildo, esperando la señal de Belgrano para intervenir en caso necesario, pero nadie había pensado en el argumento de Villota y muchos creyeron que perdían la votación.
La Revolución no podía ser un acto de usurpación sobre el derecho a decidir de los pueblos del interior.
Entonces intervino Juan José Paso y desarmó el argumento del Virrey: la revolución era una necesidad que no podía esperar… todos los pueblos serían consultados pero en libertad. La votación terminó recién a medianoche. Primero votaron Belgrano, Saavedra y Castelli, y tras ellos, con su decisión, arrastraron el voto de la mayoría de los vecinos.
El 22 de mayo el Virrey cesó en su cargo!! Fue el último día de la dominación oficial de la Corona española en el Río de la Plata.
Pero qué autoridad asumiría: ¿El Cabildo?, ¿Una Junta?: eso estaba por verse.
Miercoles 23 de mayo y jueves 24: La Revolución se afirma o se pierde.
El día 23 por la mañana los miembros del Cabildo dieron marcha atrás y decidieron no separar al Virrey de su cargo hasta que lo decidieran todos los pueblos del Virreinato. La jugada era muy audaz pero no encontró respaldo en el pueblo reunido en las calles y la Plaza.
Entre el Cabildo y el Fuerte, iba y venía gente armada que formaba los regimientos creados durante las invasiones inglesas. Estos hombres seguían a sus jefes y todos a Saavedra que era el comandante del Regimiento de Patricios. Pero también escuchaban a Belgrano, el orador más decidido que tenía la revolución.
El Cabildo para ganar tiempo designó el día 24 una Junta con el Virrey a la cabeza, y a Saavedra y a Castelli como vocales.
El descontento se manifestaba entre los grupos que se apiñaban alrededor de French, Berutti y Chiclana, los jóvenes agitadores que animaban a la gente en la Plaza. Para evitar un estallido popular, Belgrano prometió: “Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde del día de mañana el Virrey no ha renunciado, ¡¡lo arrojaremos por las ventanas de la Fortaleza abajo”!!
Nadie durmió aquella noche en la ciudad.
Viernes 25 de mayo: 25 de mayo 1810, La voluntad soberana del pueblo.
El 25 de mayo, entre la lluvia y el frío, la fatiga y el insomnio, el Cabildo se reunió para considerar la renuncia que el Virrey había presentado a última hora la noche anterior. Pero la sesión se demoraba y sus miembros no parecían dispuestos a aceptar la petición popular. Un hervidero de voces subía desde la Plaza. Los patriotas identificados con las cintas celestes y blancas que pendían de los sombreros se arremolinaron en los corredores de la casa capitular. French y Berutti, irrumpieron en la sesión exigiendo que se depusiera de una buena vez al Virrey. Los cabildantes enceguecidos llamaron a los comandantes de los regimientos para que reprimieran la asonada. En ese oportuno momento, intervino Martín Rodríguez, para declarar que sus tropas estaban con el pueblo. El Cabildo obcecado se mantenía sin ceder. Pero ya corría una lista con los nombres de la nueva Junta revolucionaria: Saavedra, Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Alberti, Matheu, Larrea, Paso y Moreno.
La petición se presentó por escrito y los miembros del Cabildo, resignados, no pudieron eludirla más.
La Junta de Mayo nacía, soberana, del mandato popular, pero la Revolución demoraría un tiempo más en afirmarse.
“Que la España se ha perdido, que el rey está prisionero, se dice que quieren quitar al señor Virrey el mando… formar una junta”.
El 18 de mayo, Buenos Aires se enteraba que las fuerzas francesas dominaban ya casi toda España. El Virrey Cisneros trataba de ganar tiempo, asegurando a quien quisiera oírlo que las autoridades coloniales no habían caducado y que los virreyes americanos asumirían el mando.
Sábado 19 de mayo y Domingo 20: Saavedra cree que hay que contener los desbordes, se habla de desaforados que quieren matar al sordo… así le decían a Cisneros. Mientras el Virrey declaraba que eran “sediciosos secretos”, Belgrano y Saavedra actuaban sin ningún sigilo. Entre los más decididos está Martín Rodríguez Peña: es preciso convocar al pueblo y deponer al Virrey. En la casa de Peña están reunidos Castelli, Belgrano, Vieytes, Moreno, Paso, Saavedra es recibido allí el 19 y todos deciden que vaya junto con Belgrano a exigirle al alcalde de primer voto Lezica que llame a Cabildo Abierto, la idea es evitar una pueblada.
Le dan a Lezica el fin de semana, para que convenza al Virrey que si el lunes no hay Cabildo abierto obraran de nuestra cuenta, o sea sin el visto bueno de las autoridades.
El domingo Lezica se reúne con todos los cabildantes, y deciden rogar al virrey que acepte “la convocación del vecindario”.
El domingo 20 por la noche, el virrey recibe a los comandantes de los cuerpos en la fortaleza, y les dijo que si no lo acompañaban eran sediciosos.
Saavedra, según las fuentes no fue cortante con el Virrey, y eso levantó sospechas sobre su decisión. Aunque los acontecimientos demostraron que en realidad lo que hacía era ganar tiempo. El comandante Martín Rodríguez y otros oficiales secundaron a Saavedra, y todos en el Fuerte exigieron al Virrey el llamado a Cabildo Abierto. Cisneros estaba rodeado y aceptó a regañadientes.
Lunes 21 de mayo: la plaza, los portales de la Recova, estaban llenos de gente, a las 8 de la mañana llegaban los cabildantes y la gente empezó a gritarles Cabildo abierto. Se decide que las tropas de Saavedra vigilarán las calles de entrada a la plaza y se remiten las invitaciones a Cabildo abierto “sin etiqueta” y en calidad de vecino.
Martes El 22 de mayo
Cabildo Abierto:
Martes 22 de mayo. Los p. 72 y 73 peninsulares solo tienen 23 votos de defensa del virrey pero gana la moción de removerlo y nombrar un gobierno nuevo.
El virrey Cisneros y todas las autoridades coloniales se presentaron ante el Cabildo con un muy buen argumento: ¿cómo se podía hacer cesar al Virrey sin consultar a las demás provincias del Virreinato? El planteo lo hizo el fiscal Villota frente a los 450 vecinos reunidos en la Sala, y los patriotas se quedaron sin aliento….
Había algunos armados fuera, en la plaza, la calle y las escaleras interiores del Cabildo, esperando la señal de Belgrano para intervenir en caso necesario, pero nadie había pensado en el argumento de Villota y muchos creyeron que perdían la votación.
La Revolución no podía ser un acto de usurpación sobre el derecho a decidir de los pueblos del interior.
Entonces intervino Juan José Paso y desarmó el argumento del Virrey: la revolución era una necesidad que no podía esperar… todos los pueblos serían consultados pero en libertad. La votación terminó recién a medianoche. Primero votaron Belgrano, Saavedra y Castelli, y tras ellos, con su decisión, arrastraron el voto de la mayoría de los vecinos.
El 22 de mayo el Virrey cesó en su cargo!! Fue el último día de la dominación oficial de la Corona española en el Río de la Plata.
Pero qué autoridad asumiría: ¿El Cabildo?, ¿Una Junta?: eso estaba por verse.
Miercoles 23 de mayo y jueves 24: La Revolución se afirma o se pierde.
El día 23 por la mañana los miembros del Cabildo dieron marcha atrás y decidieron no separar al Virrey de su cargo hasta que lo decidieran todos los pueblos del Virreinato. La jugada era muy audaz pero no encontró respaldo en el pueblo reunido en las calles y la Plaza.
Entre el Cabildo y el Fuerte, iba y venía gente armada que formaba los regimientos creados durante las invasiones inglesas. Estos hombres seguían a sus jefes y todos a Saavedra que era el comandante del Regimiento de Patricios. Pero también escuchaban a Belgrano, el orador más decidido que tenía la revolución.
El Cabildo para ganar tiempo designó el día 24 una Junta con el Virrey a la cabeza, y a Saavedra y a Castelli como vocales.
El descontento se manifestaba entre los grupos que se apiñaban alrededor de French, Berutti y Chiclana, los jóvenes agitadores que animaban a la gente en la Plaza. Para evitar un estallido popular, Belgrano prometió: “Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde del día de mañana el Virrey no ha renunciado, ¡¡lo arrojaremos por las ventanas de la Fortaleza abajo”!!
Nadie durmió aquella noche en la ciudad.
Viernes 25 de mayo: 25 de mayo 1810, La voluntad soberana del pueblo.
El 25 de mayo, entre la lluvia y el frío, la fatiga y el insomnio, el Cabildo se reunió para considerar la renuncia que el Virrey había presentado a última hora la noche anterior. Pero la sesión se demoraba y sus miembros no parecían dispuestos a aceptar la petición popular. Un hervidero de voces subía desde la Plaza. Los patriotas identificados con las cintas celestes y blancas que pendían de los sombreros se arremolinaron en los corredores de la casa capitular. French y Berutti, irrumpieron en la sesión exigiendo que se depusiera de una buena vez al Virrey. Los cabildantes enceguecidos llamaron a los comandantes de los regimientos para que reprimieran la asonada. En ese oportuno momento, intervino Martín Rodríguez, para declarar que sus tropas estaban con el pueblo. El Cabildo obcecado se mantenía sin ceder. Pero ya corría una lista con los nombres de la nueva Junta revolucionaria: Saavedra, Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Alberti, Matheu, Larrea, Paso y Moreno.
La petición se presentó por escrito y los miembros del Cabildo, resignados, no pudieron eludirla más.
La Junta de Mayo nacía, soberana, del mandato popular, pero la Revolución demoraría un tiempo más en afirmarse.
martes, 5 de mayo de 2015
Carlos Saavedra Lamas, el primer Nobel argentino
A mediados de la década de 1930, Estados Unidos enfrentaba una gran preocupación: ¿cómo asegurar y consolidar, ante una nueva e inminente guerra mundial y el fracaso evidente de la Sociedad de las Naciones, su influencia sobre el continente americano? La Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz, a realizarse en Buenos Aires, en diciembre de 1936, era una segura respuesta. Sin embargo, los enviados norteamericanos a la conferencia encontraron una intransigente oposición del canciller argentino, Carlos Saavedra Lamas, flamante Premio Nobel de la Paz. El país mantenía todavía fuertes vínculos con Europa, principalmente con Gran Bretaña, como para entregarse abiertamente a los intereses norteamericanos. Para Estados Unidos, la conferencia frustró sus más amplias expectativas.Descendiente de Cornelio Saavedra, hijo de un gobernador bonaerense, diputado nacional en varias oportunidades, ministro en otras tantas, hombre del conservadurismo argentino, filiado primero al Partido Autonomista Nacional y luego a la Concordancia, el canciller argentino había sido notificado de la obtención del distinguido premio internacional en junio de 1936, por el motivo de haber coordinado la comisión internacional de mediación en la cruenta Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, garantizando el armisticio del 12 de junio de 1935, y por la redacción del Pacto Antibélico (Tratado de No Agresión y Conciliación), que fue firmado por 21 países en 1933. Sin embargo, la falta de originalidad en algunos artículos, su presunción personal y las especulaciones tejidas para lograr el premio, le valieron algún cuestionamiento de la distinción.
En ocasión del aniversario de la obtención del Premio Nobel, recordamos las palabras que ofreció durante la Conferencia Interamericana de 1936, donde sostuvo la universalización de la organización de la paz frente a la idea norteamericana de una regionalización del derecho internacional.
Fuente: Güemes documentado, Tomo II, pág. 304; en Luis Oscar Colmenares, Martín Güemes, el héroe mártir, Buenos Aires, Fundación CEPA, 1999.
"Nos circunda un mundo inquieto y agitado. Densas nubes hay en sus horizontes. Se cruzan a veces relámpagos. Vendrá, quizá, una gran tempestad, pero esta tempestad nos encuentra unidos, dispuestos a nobles consultas, a intercambios de ideas para resguardar nuestro continente de repercusiones que no podemos admitir y para volvernos también a todos los horizontes, ofreciendo la colaboración y la cooperación que estamos dispuestos a prestar a los grandes ideales humanos que no tienen límites ni restricciones continentales."
Carlos Saavedra Lamas
lunes, 30 de marzo de 2015
Anécdotas de Juan Manuel de Rosas
Los 25 matesJuan Manuel de Rosas Cuenta Gabriel Carrasco, hijo de Eudoro Carrasco, empleado de la Secretaría de Rosas, una anécdota que recoge de su padre y que se refiere al Profesor de música de Manuelita Rosas (le enseñaba piano).
En una circunstancia, don Juan Manuel de Rosas trabó conversación con el Profesor, requiriéndole información sobre los adelantos de Manuelita en sus clases de música, originándose una prolongada conversación con el docente domiciliario...
Rosas, que siempre estaba asistido por una ordenanza que le cebaba mate, invitó al maestro de música, que aunque era poco aficionado a la criolla infusión, aceptó el ofrecimiento que venía de tan alta investidura. Mientras Rosas conversaba animadamente, el mate circulaba sin interrupción entre ambos protagonistas, hasta que en el sexto mate, el maestro, satisfecho, dio gracias al ordenanza.
Cuando Rosas recibe en forma seguida su mate se da cuenta que el maestro lo había abandonado, por lo que le advirtió que no quedaba bien tomar mate sólo, sino con alternancias, por lo que lo invitaba a seguir acompañándolo. El maestro, sin ningún entusiasmo, reanudó la ronda de mates con Rosas que era un gran tomador do esa infusión. Cuando se llegó a los quince mates el maestro estaba más que saturado y próximo a descomponerse, por lo que hizo señales al cebador en un sentido negativo. Rosas, advertido le manifestó que el mate estaba riquísimo y que sería una picardía el dejarlo, más aún, sería casi como una ofensa si lo dejaba sólo con el mate. Estas últimas expresiones, al parecer sonaron muy graves ya que el maestro resignado tuvo que seguir tomando mate.
El pobre hombre estaba hinchado, descompuesto, opilado como se dice, y entre la animada conversación de Rosas y sus miradas imperativas, siguió tomando hasta que Rosas, llamado por sus tareas políticas y administrativas tuvo que retirarse, situación que el maestro totalmente descompuesto aprovechó para retirarse de la casona de Palermo, llegando a su casa en estado deplorable.
A los pocos días, le llega de Palermo un sobre con una carta de Rosas en la que lo felicita por los progresos registrados por Manuelita en el piano, y también había dentro del sobre otro envoltorio; al abrir este último, encuentra veinticinco mil pesos y una nota que decía: “Van mil pesos por cada mate”, una pequeña fortuna. Dicen que el maestro golpeó fuertemente el pie contra el piso y exclamó: “¡Haberme tomado treinta mates!”, olvidando la descompostura de las vísperas.
“Cuento lo que me contó Miró” (Mansilla)
Estamos en la estancia "del Pino". Mejor dicho: están tomando el fresco bajo el árbol que le da su nombre a la estancia, don Juan Manuel Rosas y su amigo el señor don Mariano Miró (el mismo que edificó el gran palacio de la plaza Lavalle, propiedad hoy día de la familia de Dorrego).
De repente (cuento lo que me contó el señor Miró) don Juan Manuel interrumpe el coloquio, tiende la vista hasta el horizonte, la fija en una nubecilla de polvo, se levanta, corre, va al palenque donde estaba atado de la rienda su caballo, prontamente lo desata, monta de salto y parte... diciéndole al señor Miró: “Dispense, amigo, ya vuelvo”.
Al trote rumbea en dirección a los polvos, galopa; los polvos parecen moverse al unísono de los movimientos de don Juan Manuel. Miró mira: nada ve, Don Juan Manuel apura su flete que es de superior calidad; los polvos se apuran también. Don Juan Manuel vuela; los polvos huyen, envolviendo a un jinete que arrastra algo. Don Juan Manuel con su ojo experto, ayudado por la milicia gauchesca, tuvo la visión de lo que era la nubecilla de polvo aquella, que le había hecho interrumpir la conversación. “Un cuatrero”, se dijo, y no titubeó.
En efecto, un gaucho había pasado cerca de una majada y sin detenerse había enlazado un capón y lo arrastraba, robándolo. El gaucho vio desprenderse un jinete de las casas. Lo reconoció, se apuró. Don Juan Manuel se dijo: “Caray..." De ahí la escena... Don Juan Manuel castiga su caballo. El gaucho entonces suelta el capón con lazo y todo, comprendiendo que a pesar de la delantera que llevaba no podía escaparse por bien montado que fuera, si no largaba la presa.
Aquí ya están casi encima el uno del otro. El gaucho mira para atrás y rebenquea su pingo (a medida que don Juan Manuel apura el suyo) y corta el campo en diversas direcciones con la esperanza de que se le aplaste el caballo a don Juan Manuel.
Entran ambos en un vizcacheral. Primero, el gaucho; después, don Juan Manuel; pero el obstáculo hace que don Juan Manuel pueda acercársele al gaucho. Rueda éste; el caballo lo tapa. Rueda don Juan Manuel; sale parado con la rienda en la mano izquierda y con la derecha lo alcanza al gaucho, lo toma de una oreja, lo levanta y le dice:
– Vea, paisano, para ser buen cuatrero es necesario ser buen gaucho y tener buen pingo... Y, montando, hace que el gaucho monte en ancas de su caballo; y se lo lleva, dejándolo a pie, por decirlo así; porque la rodada había sido tan feroz que el caballo del gaucho no se podía mover. La fuerza respeta a la fuerza; el cuatrero estaba dominado y no podía escurrírsele en ancas del caballo de don Juan Manuel, sino admirarlo, y de la admiración al miedo no hay más que un paso. Don Juan Manuel volvió a las casas con su gaucho, sin que Miró por más que mirara, hubiera visto cosa alguna discernible...
– Apéese, amigo – le dijo al gaucho, y enseguida se apeó él, llamando a un negrito que tenía. El negrito vino, Rosas le habló al oído, y dirigiéndose enseguida al gaucho, le dijo:
– Vaya con ese hombre, amigo.
Luego volvió con el señor Miró, y sin decir una palabra respecto de lo que acababa de suceder, lo invitó a tomar el hilo de la conversación interrumpida, diciéndole:
– Bueno, usted decía...
Salieron al rato a dar una vuelta, por una especie de jardín, y el señor Miró vio a un hombre en cuatro estacas. Notado por don Juan Manuel, le dijo sonriéndose.
– Es el paisano ése...
Siguieron andando, conversando... La puesta del sol se acercaba; el señor Miró sintió unos como palos aplicados en cosa blanda, algo parecido al ruido que produce un colchón enjuto, sacudido por una varilla, y miró en esa dirección. Don Juan Manuel le dijo entonces, volviéndose a sonreír, haciendo con la mano derecha ese movimiento de un lado a otro con la palma para arriba, que no dejaba duda:
– Es el paisano ése...
Un momento después se presentó el negrito y dirigiéndose a su patrón, le dijo:
– Ya está, mi amo.
– ¿Cuántos?
– Cincuenta, señor.
– Bueno, amigo don Mariano, vamos a comer...
El sol se perdía en el horizonte iluminado por un resplandor rojizo, y habría sido menester ser casi adivino para sospechar que aquel hombre, que se hacía justicia por su propia mano, sería en un porvenir no muy lejano, señor de vidas, famas y haciendas, y que en esa obra de predominio serían sus principales instrumentos algunos de los mismos azotados por él. Don Juan Manuel le habló al oído otra vez al negrito, que partió, y tras de él, muy lentamente, haciendo algunos rodeos, ambos huéspedes.
Llegan a las casas y entran en la pieza que servía de comedor. Ya era oscuro. En el centro había una mesita con mantel limpio de lienzo y tres cubiertos, todo bien pulido. El señor Miró pensó: “¿quién será el otro...?"
No preguntó nada. Se sentaron, y cuando don Juan Manuel empezaba a servir el caldo de una sopera de hoja de lata, le dijo al negrito que había vuelto ya:
– Tráigalo, amigo –. Miró no entendió.
A los pocos instantes entraba, todo entumido, el gaucho de la rodada.
– Siéntese, paisano – le dijo don Juan Manuel, endilgándole la otra silla. El gaucho hizo uno de esos movimientos que revelan cortedad; pero don Juan Manuel lo ayudó a salir del paso, repitiéndole – : Siéntese no más, paisano, siéntese y coma.
El gaucho obedeció, y entre bocado y bocado hablaron así:
– ¿Cómo se llama, amigo?
– Fulano de tal.
– Y, dígame, ¿es casado o soltero?... ¿o tiene hembra?...
– No señor – dijo sonriéndose el guaso – ¡si soy casado!
– Vea, hombre, y... ¿tiene muchos hijos?
– Cinco, señor.
– Y ¿qué tal moza es su mujer?
– A mí me parece muy regular, señor...
– Y usted ¿es pobre?
– ¿Eh!, señor, los pobres somos pobres siempre...
– Y ¿en qué trabaja?...
– En lo que cae, señor...
– Pero también de cuatrero, ¿no?...
El gaucho se puso todo colorado y contestó:
– ¡Ah!, señor, cuando uno tiene mucha familia suele andar medio apurado...
– Dígame amigo, ¿no quiere que seamos compadres? ¿No está preñada su mujer?–
El gaucho no contestó. Don Juan Manuel prosiguió.
– : Vea, paisano; yo quiero ser padrino del primer hijo que tenga su mujer y le voy a dar unas vacas y unas ovejas, y una manada y una tropilla, y un lugar por ahí, en mi campo, y usted va a hacer un rancho, y vamos a ser socios a medias. ¿Qué le parece?...
– Como usted diga, señor.
Y don Juan Manuel, dirigiéndose al señor Miró le dijo:
– Bueno, amigo don Mariano, usted es testigo del trato, ¿eh?...
Y luego, dirigiéndose al gaucho agregó:
– Pero aquí hay que andar derecho, ¿no?...
– Sí, señor.
La comida tocaba a su término. Don Juan Manuel, dirigiéndose al negrito y mirándolo al gaucho, prosiguió:
– Vaya amigo, descanse; que se acomode este hombre en la barraca, y si está muy lastimado que le pongan salmuera. Mañana hablaremos; pero tempranito, vaya y vea si campea ese matungo, para que no pierda sus pilchas... y degüéllelo... que eso no sirve sino para el cuero, y estaquéelo bien, así como estuvo usted por zonzo y mal gaucho... – Y el paisano salió.
Y don Mariano Miró, encontraba aquella escena del terruño propia de los fueros de un señor feudal de horca y cuchillo, muy natural, muy argentina, muy americana, nada vio...
Un párrafo más, y concluyo.
El cuatrero fue compadre de don Juan Manuel, su socio, su amigo, su servidor devoto, un federal en regla. Llegó a ser rico y jefe de graduación.
Lucio V. Mansilla
viernes, 13 de marzo de 2015
Francisco "Pancho" Ramírez Por José Valle
Francisco "Pancho" Ramírez (Concepción del Uruguay Entre Ríos, 13 de marzo de 1786 –Chañar Viejo, Córdoba, Argentina, 10 de julio de 1821)
Caudillo entrerriano, llamado El Supremo por sus camaradas -quienes lo consideraban único líder y guía- fue uno de los primeros líderes del federalismo provincial contra el unitarismo y la dominación de Buenos Aires.
Hombre simpático y completamente enamorado de su Delfina, cautiva portuguesa que lo acompañó incondicionalmente -incluso en la lucha armada-, Ramírez, en sólo tres escasos años que duró su deslumbrante carrera logró imponer su nombre por las Provincias Unidas e inmortalizarlo en la historia como un ejemplo de humanidad, convicción y valentía.
En medio de tremendas luchas jamás cometió un atropello, no incurrió en crueldad, en codicia o prepotencia. Cuando ejerció el poder supremo de la "República de Entre Ríos", se preocupó de crear escuelas, montar las bases de una administración pública que duraría muchos años y defender sinceramente el patrimonio de sus gobernados.
Muere a los 34 años de edad defendiendo a su hembra en el momento más alto de su ambición y su gloria.
Caudillo entrerriano, llamado El Supremo por sus camaradas -quienes lo consideraban único líder y guía- fue uno de los primeros líderes del federalismo provincial contra el unitarismo y la dominación de Buenos Aires.
Hombre simpático y completamente enamorado de su Delfina, cautiva portuguesa que lo acompañó incondicionalmente -incluso en la lucha armada-, Ramírez, en sólo tres escasos años que duró su deslumbrante carrera logró imponer su nombre por las Provincias Unidas e inmortalizarlo en la historia como un ejemplo de humanidad, convicción y valentía.
En medio de tremendas luchas jamás cometió un atropello, no incurrió en crueldad, en codicia o prepotencia. Cuando ejerció el poder supremo de la "República de Entre Ríos", se preocupó de crear escuelas, montar las bases de una administración pública que duraría muchos años y defender sinceramente el patrimonio de sus gobernados.
Muere a los 34 años de edad defendiendo a su hembra en el momento más alto de su ambición y su gloria.
La República de Entre Ríos no sobrevivió a Ramírez. Pero el legado del Supremo sí, por eso, aún después de 100 años, sigue siendo motivo de asombro y admiración.
Francisco “Pancho “Ramirez quizo extender nuestra patria ,con profundo sentido latinoamericano ,unir a los pueblos de la cuenca del plata en un gran estado independiente.
Francisco “Pancho “Ramirez quizo extender nuestra patria ,con profundo sentido latinoamericano ,unir a los pueblos de la cuenca del plata en un gran estado independiente.
Lucho para que los argentinos sintieses el orgullo de ser dignos y libres en su tierra e impuso la idea de la republica que nos salvo de los títulos nobiliarios que heredan unos pocos y que humillan a millones.Los grandes ideales del Supremo Entrerriano no moriran jamás,porque ellos sintetizan nuestro pensamiento nacional, popular y federal.
Extraido de "Francisco Ramírez, el caudillo enamorado" de José Angel Valle, Ed. En un Feca, 2013.Ilustración de Pedro Araya
Extraido de "Francisco Ramírez, el caudillo enamorado" de José Angel Valle, Ed. En un Feca, 2013.Ilustración de Pedro Araya
Juan Martín de Pueyrredón
Juan Martín de Pueyrredón fue uno de los hombres clave del período revolucionario. Masón y liberal, ilustrado y unitario, nació en 1777, hijo de un adinerado vasco francés y de una austera irlandesa. Como tantos otros patriotas del período, estudió en el Colegio San Carlos, antes de seguir su destino por Europa, Cádiz y París, estudiando el arte y la filosofía de la ilustración.
En 1802 volvió a Buenos Aires, donde asumió los negocios familiares y se transformó en un próspero comerciante. Contrajo su primer y frustrado matrimonio con una prima que, al poco tiempo de casados, fue tomada por loca y, posteriormente, falleció.
Por entonces, Pueyrredón participó como prácticamente toda Buenos Aires de la defensa frente a las invasiones inglesas, tomando hacia el final la titularidad del regimiento de húsares y siendo enviado con posterioridad a España para informar sobre la derrota inglesa. Fue entonces cuando observó la decadencia de la monarquía española y le sobrevino la idea de que un cambio radical era inevitable.
Hacia 1810, Pueyrredón participó de los acontecimientos de Mayo, siendo pronto encargado de la gobernación de la gran Córdoba y, tras el avance del ejército patriota hacia el Alto Perú, de la intendencia de Charcas (hoy Sucre).
En 1812, cuando se entretejían las mayores intrigas en torno a la conducción del proceso revolucionario, Pueyrredón dejó el mando del Ejército del Norte a cargo de Manuel Belgrano y viajó a Buenos Aires para reemplazar a Juan José Paso en el Triunvirato. Pero duró poco esta etapa, siendo disuelto el Triunvirato y él detenido.
Sin embargo, al poco tiempo había retomado la actividad en las provincias del Cuyo y, ya en 1816, el Congreso de Tucumán lo designó Director Supremo de las Provincias Unidas, con el apoyo de Martín Miguel de Güemes y José de San Martín. Desde aquel cargo, que conservó durante tres años, apoyó la campaña a Chile de San Martín, aunque le aconsejó “pordiosear cuando no hay otro remedio”, pero también combatió al proyecto artiguista y otros líderes federales.
Entre 1816 y 1819, su carácter aristocratizante, unitario y porteño se fue acentuando lentamente. Con posterioridad a su rol como Director Supremo, en la década de 1820, atenuó su participación política, dedicándose a la vida familiar, a su segunda esposa -una joven de 14 años, con la que se casó en 1815, cuando ya se acercaba a los 40- y a su hijo Prilidiano.
Juan Martín de Pueyrredón, tío de José Hernández, el autor del Martín Fierro, vivió su vejez en Montevideo, primero, y en París, después. Tras su regreso a Buenos Aires, falleció en marzo de 1850, a los 72 años de edad.
jueves, 5 de marzo de 2015
Urquiza asume como primer Presidente Constitucional
El 5 de marzo de 1854 el general Justo José de Urquiza prestó juramento ante el Congreso Nacional reunido en Santa Fe como presidente de la Confederación Argentina, junto al vicepresidente, Salvador María del Carril.
Justo José de Urquiza llega a la presidencia siendo el primer presidente de la Confederación Argentina.
Durante su gobierno, consecuencia directo del triunfo sobre Rosas en Caseros y del dictado de la constitución nacional, las provincias promulgaron sus propias constituciones. Se designaron los miembros de la Superior Corte de Justicia y se organizaron los tribunales del territorio federalizado. Se dictaron las leyes de ciudadanía y de elecciones.
El Colegio de Concepción del Uruguay y se convirtió en importante centro cultural. Se contrató en Europa a destacados profesores como Amadeo Jacques, Germán Burmeister y Juan Lelong.
Se editó por cuenta del gobierno las obras de Juan Bautista Alberdi. Se nacionalizó la Universidad de Córdoba. Se alentó la inmigración europea y la instalación de colonias agrícolas; se realizó un censo nacional (1857; se exploraron los ríos interiores y se efectuaron estudios para trazar líneas férreas desde Rosario a Córdoba y a Mendoza.
El Congreso ratificó los tratados, firmados por Urquiza antes de ser electo presidente, con Inglaterra, Francia y Estados Unidos que proclamaban la libre navegación de los ríos.
Se firmaron tratados de amistad y comercio con Paraguay país al que se le reconoció su independencia, y con Chile y Brasil.
Se nombró a Juan Bautista Alberdi representante diplomático del gobierno de Paraná en Europa. Por su gestión Francia, Gran Bretaña y el Vaticano reconocieron la legitimidad del gobierno de la Confederación.
Nació en el Talar del Arroyo Largo, provincia de Entre Ríos, el 18 de octubre de 1801; cursó sus estudios primarios en Concepción del Uruguay y los secundarios en el Colegio San Carlos, en la ciudad de Buenos Aires.
De regreso en su provincia, en 1819, abrió una pulpería que atendió personalmente durante un tiempo. Más tarde intervino en un golpe militar contra el gobernador Mansilla, por lo que debió desterrarse en Corrientes.
En 1826 recibió la designación de diputado ante el Congreso entrerriano y en esa ocasión se manifestó como un notabla parlamentario, favorable al sistema federal y contrario a la Constitución unitaria de 1826. Asimismo se mostró un fervoroso partidario de la instrucción pública , inspirador de la ley que ordenaba que cada villa tuviera su escuela.
En 1836 conoció a Juan Manuel de Rosas quien vio en el joven coronel, ya famoso por su inteligencia y valor, un probable enemigo. Urquiza intervino luego en la batalla de Palo Largo contra las tropas entrerrianas sublevadas contra Rosas; en cambio no participó en la de Caa-guazú, en la que el talento táctico del general paz anuló completamente a los entrerrianos.
En 1841 la Legislatura de su provincia lo nombró gobernador y brigadier general del ejército. Durante este primer período de su gestión Urquiza intervino en los conflictos militares que enfrentaban, en el Uruguay, a Oribe y Rivera. El gobernador entrerriano derrotó a este último en la batalla de India Muerta, lo cual le valió su reelección como gobernador.
Sus actos de gobierno pusieron en evidencia su enfoque progresista, fomentando la agricultura, estimulando el comercio, promoviendo industrias y fundando escuelas en las que implantó la enseñanza gratuita. No obstante era evidente que en tanto Rosas siguiera dominando en Buenos Aires e imponiendo su omnímoda voluntad en la política del país, Entre Ríos vería limitadas sus posibilidades de progreso. Para muchos, Urquiza era entonces la figura más prominente del país y el único capaz de enfrentar a Rosas.
Uno de los hechos fundamentales de este período fue la fundación del primer colegio secundario de la República en Concepción del Uruguay, fiel testimonio de la compleja personalidad de Urquiza quien aunaba austeras costumbres campesinas con exquisitos refinamientos de caballero renacentista.
En 1851 se rebeló contra Rosas proclamando la soberanía de su provincia y con el lema Libertad, organización y guerra al despotismo inició su campaña, primero contra Oribe a quien obligó a levantar el sitio de Montevideo y luego contra Rosas, a quien derrotó en Caseros el 3 de febrero de 1852.
Su gestión posterior fue de gran generosidad y sensatez; a fines de mayo de ese mismo año se firmó el Acuerdo de San Nicolás y Urquiza fue nombrado director provisional de la Confederación y jefe de su ejército. En setiembre estalló una revolución dirigida por el doctor Valentín Alsina; la provincia de Buenos Aires, en disidencia, se separó del resto de la Confederación dándose su propia Constitución. No obstante las demás provincias persistieron en la idea de unidad nacional, y reunidas en Santa Fe sancionaron la Constitución que Urquiza luego declaró ley fundamental de la Nación.
En ese mismo año de 1853 fue elegido primer presidente constitucional de los argentinos. Asumió el cargo el 5 de marzo de 1854 y se dio a una impresionante tarea de organización nacional: organizó la administración, mandó construir caminos y líneas ferroviarias, estableció correos, inauguró los sistemas de rentas y aduanas, instaló el régimen de justicia federal y fomentó la educación.
Después de la batalla de Cepeda, en la que Urquiza derrotó a Mitre, se firmó el pacto de San José de Flores por el que se incorporaba a Buenos Aires a la Confederación. Luego Urquiza entregó el gobierno a su sucesor, Sanitago Derqui, y se retiró a su provincia en la que volvió a hacerse cargo de la gobernación.
No obstante la batalla de Pavón vino a confirmar que el desacuerdo aún agitaba los espíritus; el triunfo de Mitre trajo como consecuencia la caída del presidente Derqui, lo cual convenció a Urquiza de que la unidad nacional se realizaría bajo la jefatura de Buenos Aires. Con ejemplar desprendimiento apoyó desde entonces a los gobiernos de Mitre y Sarmiento.
En 1870 estalló la revolución de López Jordán, irritado por la actitud legalista y conciliadora de Urquiza. Este fue asesinado en su Palacio de San José el 11 de abril de 1870 y dos de sus hijos, Justo y Waldino, fueron igualmente muertos en Concordia.
Víctima de la pequeñez localista de un rebelde caía uno de los hombres que más esfuerzos había realizado por lograr la unión y la tolerancia entre los argentinos, como único camino hacia el progreso.
Justo José de Urquiza llega a la presidencia siendo el primer presidente de la Confederación Argentina.
Durante su gobierno, consecuencia directo del triunfo sobre Rosas en Caseros y del dictado de la constitución nacional, las provincias promulgaron sus propias constituciones. Se designaron los miembros de la Superior Corte de Justicia y se organizaron los tribunales del territorio federalizado. Se dictaron las leyes de ciudadanía y de elecciones.
El Colegio de Concepción del Uruguay y se convirtió en importante centro cultural. Se contrató en Europa a destacados profesores como Amadeo Jacques, Germán Burmeister y Juan Lelong.
Se editó por cuenta del gobierno las obras de Juan Bautista Alberdi. Se nacionalizó la Universidad de Córdoba. Se alentó la inmigración europea y la instalación de colonias agrícolas; se realizó un censo nacional (1857; se exploraron los ríos interiores y se efectuaron estudios para trazar líneas férreas desde Rosario a Córdoba y a Mendoza.
El Congreso ratificó los tratados, firmados por Urquiza antes de ser electo presidente, con Inglaterra, Francia y Estados Unidos que proclamaban la libre navegación de los ríos.
Se firmaron tratados de amistad y comercio con Paraguay país al que se le reconoció su independencia, y con Chile y Brasil.
Se nombró a Juan Bautista Alberdi representante diplomático del gobierno de Paraná en Europa. Por su gestión Francia, Gran Bretaña y el Vaticano reconocieron la legitimidad del gobierno de la Confederación.
Nació en el Talar del Arroyo Largo, provincia de Entre Ríos, el 18 de octubre de 1801; cursó sus estudios primarios en Concepción del Uruguay y los secundarios en el Colegio San Carlos, en la ciudad de Buenos Aires.
De regreso en su provincia, en 1819, abrió una pulpería que atendió personalmente durante un tiempo. Más tarde intervino en un golpe militar contra el gobernador Mansilla, por lo que debió desterrarse en Corrientes.
En 1826 recibió la designación de diputado ante el Congreso entrerriano y en esa ocasión se manifestó como un notabla parlamentario, favorable al sistema federal y contrario a la Constitución unitaria de 1826. Asimismo se mostró un fervoroso partidario de la instrucción pública , inspirador de la ley que ordenaba que cada villa tuviera su escuela.
En 1836 conoció a Juan Manuel de Rosas quien vio en el joven coronel, ya famoso por su inteligencia y valor, un probable enemigo. Urquiza intervino luego en la batalla de Palo Largo contra las tropas entrerrianas sublevadas contra Rosas; en cambio no participó en la de Caa-guazú, en la que el talento táctico del general paz anuló completamente a los entrerrianos.
En 1841 la Legislatura de su provincia lo nombró gobernador y brigadier general del ejército. Durante este primer período de su gestión Urquiza intervino en los conflictos militares que enfrentaban, en el Uruguay, a Oribe y Rivera. El gobernador entrerriano derrotó a este último en la batalla de India Muerta, lo cual le valió su reelección como gobernador.
Sus actos de gobierno pusieron en evidencia su enfoque progresista, fomentando la agricultura, estimulando el comercio, promoviendo industrias y fundando escuelas en las que implantó la enseñanza gratuita. No obstante era evidente que en tanto Rosas siguiera dominando en Buenos Aires e imponiendo su omnímoda voluntad en la política del país, Entre Ríos vería limitadas sus posibilidades de progreso. Para muchos, Urquiza era entonces la figura más prominente del país y el único capaz de enfrentar a Rosas.
Uno de los hechos fundamentales de este período fue la fundación del primer colegio secundario de la República en Concepción del Uruguay, fiel testimonio de la compleja personalidad de Urquiza quien aunaba austeras costumbres campesinas con exquisitos refinamientos de caballero renacentista.
En 1851 se rebeló contra Rosas proclamando la soberanía de su provincia y con el lema Libertad, organización y guerra al despotismo inició su campaña, primero contra Oribe a quien obligó a levantar el sitio de Montevideo y luego contra Rosas, a quien derrotó en Caseros el 3 de febrero de 1852.
Su gestión posterior fue de gran generosidad y sensatez; a fines de mayo de ese mismo año se firmó el Acuerdo de San Nicolás y Urquiza fue nombrado director provisional de la Confederación y jefe de su ejército. En setiembre estalló una revolución dirigida por el doctor Valentín Alsina; la provincia de Buenos Aires, en disidencia, se separó del resto de la Confederación dándose su propia Constitución. No obstante las demás provincias persistieron en la idea de unidad nacional, y reunidas en Santa Fe sancionaron la Constitución que Urquiza luego declaró ley fundamental de la Nación.
En ese mismo año de 1853 fue elegido primer presidente constitucional de los argentinos. Asumió el cargo el 5 de marzo de 1854 y se dio a una impresionante tarea de organización nacional: organizó la administración, mandó construir caminos y líneas ferroviarias, estableció correos, inauguró los sistemas de rentas y aduanas, instaló el régimen de justicia federal y fomentó la educación.
Después de la batalla de Cepeda, en la que Urquiza derrotó a Mitre, se firmó el pacto de San José de Flores por el que se incorporaba a Buenos Aires a la Confederación. Luego Urquiza entregó el gobierno a su sucesor, Sanitago Derqui, y se retiró a su provincia en la que volvió a hacerse cargo de la gobernación.
No obstante la batalla de Pavón vino a confirmar que el desacuerdo aún agitaba los espíritus; el triunfo de Mitre trajo como consecuencia la caída del presidente Derqui, lo cual convenció a Urquiza de que la unidad nacional se realizaría bajo la jefatura de Buenos Aires. Con ejemplar desprendimiento apoyó desde entonces a los gobiernos de Mitre y Sarmiento.
En 1870 estalló la revolución de López Jordán, irritado por la actitud legalista y conciliadora de Urquiza. Este fue asesinado en su Palacio de San José el 11 de abril de 1870 y dos de sus hijos, Justo y Waldino, fueron igualmente muertos en Concordia.
Víctima de la pequeñez localista de un rebelde caía uno de los hombres que más esfuerzos había realizado por lograr la unión y la tolerancia entre los argentinos, como único camino hacia el progreso.
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