lunes, 20 de noviembre de 2017

Día de la Soberanía Nacional

Hoy recordamos la lucha de los héroes de la batalla de Vuelta de Obligado en 1845. Este hecho es recordado como un símbolo de nuestra unidad nacional.El 20 de noviembre se celebra el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado de 1845. En aquel entonces, los heroicos soldados argentinos, en inferioridad de condiciones, resistieron la invasión del ejército anglo-francés, el más poderoso del mundo. La fecha fue instaurada por pedido del historiador José María Rosa y se oficializó por medio de la Ley N° 20.770, en 1974.
Con la finalidad de colonizar territorios de nuestro país, durante 1845 Francia e Inglaterra emprendieron una ofensiva con una flota de 95 navíos de carga, repletos de productos para ser colocados en la provincia de Corrientes y en el Paraguay.
El pueblo argentino no deseaba volver a ser una colonia, por lo que el Gobierno de Juan Manuel de Rosas, respaldado desde el exilio por el general José de San Martín, preparó una resistencia.
Los invasores querían entrar por el Paraná, pero las tropas nacionales, al mando de Lucio Mansilla, se anticiparon en un estrecho recodo de ese río: la Vuelta de Obligado. El número de fuerzas enemigas superaba ampliamente en cantidad y modernidad de su armamento a las argentinas, que sin embargo no se amedrentaron y batallaron durante siete horas. De este modo, lograron que las tropas adversarias no pudieran ocupar las costas, objetivo necesario para poder adentrarse en el territorio argentino.
Esta heroica resistencia, así como también el espíritu de lucha nacional se conoció en toda Europa y quedó inscripto en nuestra historia como un símbolo de independencia, libertad y unidad nacional.
El enfrentamiento de la Vuelta de Obligado fue el primero de otros tres enfrentamientos; el del paraje Tonelero, el combate de San Lorenzo, donde el general José de San Martín derrotó a los españoles con los Granaderos, y por último, Quebracho, sitio donde los patriotas cañonearon a los invasores.
El mejor homenaje que podemos realizar es retomar el legado de los hombres y mujeres que lucharon para construir nuestra Nación, entendiendo que esta batalla también tiene como escenario los aspectos económicos, políticos y culturales.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Revolución de los Restauradores

Viamonte
La Revolución de los Restauradores fue un conflicto armado revolucionario producido en Buenos Aires, Argentina, en octubre de 1833. El mismo determinó el derrocamiento del gobernador Juan Ramón Balcarce por parte de otra fracción del partido federal y confirmó el dominio sobre la población de Juan Manuel de Rosas.
El gobierno de Juan Manuel de Rosas, vencedor de los unitarios durante la guerra civil estallada en 1828, terminó el 17 de diciembre de 1831. Fue reelecto, pero se negó a asumir luego de que la Junta de Representantes no quisiera renovarle sus Facultades Extraordinarias (esto es dominio sobre los poderes Legislativo y Ejecutivo).
En su lugar fue electo el general Juan Ramón Balcarce, héroe de la Guerra de Independencia de Argentina.
Como había anunciado en su discurso de despedida, Rosas organizó una Conquista del Desierto al año siguiente, contra los indígenas que en ese momento ocupaban la Patagonia entera y gran parte de Buenos Aires, con el objetivo de debilitar las fuerzas de los indígenas del sur argentino y ganar tierras a los mismos para la ganadería. Pero Balcarce, que se había comprometido a ayudar en esa empresa, negó sistemáticamente a Rosas los recursos necesarios para esa campaña.
Balcarce había comenzado su gobierno como un continuador de la política de Rosas. Pero lentamente fue abandonando esa posición y aplicando medidas en contra de la tendencia rosista, con la intención de independizarse de su antecesor y acercarse a posiciones moderadas. Su parentesco político con los generales Enrique Martínez, de origen unitario, y Félix Olazábal, federal moderado, le dio el personal que necesitaba para el cambio.
Mientras Rosas permanecía alejado de los círculos de gobierno, en el sur de la provincia, en agosto de 1832, presionados por la prensa, renunciaron a sus cargos de ministros Manuel Vicente Maza y Tomás García de Zúñiga. Balcarce nombró un nuevo ministerio, dominado por Martínez. Entre sus objetivos estaba el de dictar una constitución para la provincia, forzando de esa manera la oportunidad de sancionar una constitución nacional.
Balcarce contó con el apoyo de parte de la legislatura provincial y también hombres de la ciudad y del campo. Ugarteche, Del Campo, Cernadas, Bustamente, Zavaleta, Rubio, Galván, Barrenechea, entre otros, se contaron entre sus apoyos.
Se decía que el ministro Martínez lo dominaba por completo. Según el general Iriarte, partidario suyo, Martínez
"…para asegurarse más y no perder a Balcarce de vista, Martínez dormía todas las noches en la Casa de Gobierno y en la misma alcoba de Balcarce, de modo que nadie podía llegar hasta la presencia de éste sin que Martínez lo reconociese con anticipación. La mayor parte de las veces pretextaba que el gobernador estaba ocupado, y cuando no le era posible impedir que lo viesen, tenía cuidado de estar él presente para imponerse de cuanto le decían.​"
La prensa lo acusaba de indeciso:
"El jefe de estado, hombre honrado y patriota a la verdad, pero de un genio débil e imprevisor, abrumado por el peso de los años y con las vastas atenciones de un gobierno superior a sus limitadas aptitudes, incapaz por lo tanto de proceder con energía, con la dignidad e independencia correspondientes a su alto puesto, ha cedido al influjo que ejerce en su ánimo el mismo promotor de la anarquía, y se deja conducir por él…​"
En abril de 1833 se celebraron elecciones de diputados provinciales; contra lo que pretendían los partidarios de Rosas, no se logró llegar a una lista de consenso. Se presentaron dos listas, ambas encabezadas por Rosas — que, lógicamente, iba a renunciar a su cargo — pero con los demás candidatos distintos. La lista oficialista tenía una banda negra en la parte superior, por lo que los opositores los apodaron "lomos negros".
Los dirigentes de la lista de los partidarios de Rosas se llamaron a sí mismos federales apostólicos, y a sus adversarios federales cismáticos. En el rosismo militaban Tomás Manuel y Nicolás de Anchorena, Felipe Arana y Maza. En el campo, los comandantes locales eran el arma más poderosa del partido de Rosas; uno de los más destacados era el coronel Vicente González, apodado El Carancho del Monte, comandante de los Colorados del Monte, de San Miguel del Monte, cuerpo formado por el propio Rosas.
La actividad más firme del partido apostólico, sin embargo, no la llevaban adelante los dirigentes, sino las clases pobres y los pequeños comerciantes. Detrás de la escena, pero dominándolo todo, controlando las relaciones y hasta las acciones violentas, aparecía la figura de Encarnación Ezcurra, la esposa de Rosas. Fue por su iniciativa que se formó un grupo de presión, la Sociedad Popular Restauradora, dirigida por pequeños comerciantes y oficiales del ejército.
La lista de los lomos negros ganó las elecciones, en un clima de enfrentamiento creciente.
Durante la segunda mitad del año arreció el enfrentamiento, principalmente en la prensa. Los numerosos periódicos, y los más numerosos pasquines que se publicaban en hojas sueltas se enzarzaban en cruces de acusaciones e insultos.
El fiscal Pedro José Agrelo, un cismático, decidió el enjuiciamiento de Nicolás Mariño, director del periódico rosista "El Restaurador de las Leyes". Pero un truco ingenioso puesto en juego por los apostólicos empeoró las cosas: apareció la ciudad empapelada con carteles que anunciaban el enjuiciamiento del Restaurador de las Leyes. Ése era el título de un periódico opositor, pero era también, y mucho más conocido, como el título extraoficial de Rosas.
El 11 de octubre, el público impidió el comienzo del juicio, y cuando se quiso obligarlo a desalojar los tribunales, un oficial de policía gritó a la multitud invitando a los concurrentes a reunirse en el arrabal de Barracas. Allí concurrieron los manifestantes, que a las pocas horas unieron a ellos algunos centenares de soldados amotinados.
El movimiento fue, poco a poco, ganando apoyo, sobre todo por parte de la población urbana y de los estancieros de la provincia, simpatizantes de Rosas, y que habían aumentado su identificación con él a raíz de la Conquista que estaba realizando contra los aborígenes.
El general Agustín de Pinedo fue enviado a presionar a los sublevados, pero se pasó a ellos y se puso al frente del movimiento, secundado por el general Juan Izquierdo. Las tropas de campaña sitiaron la ciudad, y en poco tiempo ésta estaba seriamente desabastecida de todo tipo de alimentos. Doña Encarnación dirigía acciones públicas de todo tipo, incluyendo ataques de hecho a partidarios del gobierno.
El gobierno esperaba que llegara carta de Rosas desde la campaña del sur, confiando en que éste mantendría su tradicional actitud de respeto a la autoridad. Pero Rosas finalmente hizo llegar al ministro Martínez un mensaje en que apoyaba a los rebeldes:
"Hace algún tiempo, señor ministro, que el general infrascripto manifestó a la superioridad los peligros inmensos que corría la tranquilidad pública y orden de su campaña; y que con vista de la marcha del gobierno contra el voto bien pronunciado de la opinión pública… Ninguna, absolutamente ninguna parte tiene el infrascripto en lo que se ha hecho. Por el contrario, el público verá a su tiempo lo que ha aconsejado, escrito y trabajado para calmar la irritación. Pero cuando así ha procedido declara, sin embargo, el infrascripto, que a su juicio tienen razón sobrada los ciudadanos, y que culpable no es la población que armada en masa exige el cumplimiento de las leyes y pide lo que con tan peligrosa injusticia se le ha estado negando. El infrascripto habla con el debido respeto: ¿qué ha hecho la representación provincial? ¿Por qué no se separan del gobierno personas que no merecían la confianza pública, que no marchaban por la senda de la ley, que han dado pábulo al desenfreno de la prensa…? El infrascripto… respeta la opinión pública universalmente proclamada; no tomará las armas en su oposición ni ordenará lo que pueda contrariarla; y se unirá a sus filas en su ayuda, toda vez que los amotinados de diciembre (de 1828) sean armados en su contra…​"
El 28 de octubre, en las márgenes del arroyo Maldonado, Félix Olazábal, comandante en Jefe de las fuerzas de la caballería de Buenos Aires, derrotó a los que se oponían a Rosas, al mando del coronel Martín Hidalgo.​
La carta de Rosas significaba que el gobierno estaba solo, y que el general ayudaría a los revolucionarios. Tras un último intercambio de mensajes entre Balcarce y Pinedo, Balcarce renunció el 4 de noviembre.
La Junta de Representantes le propuso el cargo a Rosas, pero éste lo rechazó porque no contemplaba las "facultades extraordinarias", las que, desde según su punto de vista, eran vitales para poner en orden a la provincia. Finalmente fue designado el general Juan José Viamonte como gobernador interino; éste no había apoyado a ninguna de las dos fracciones del partido federal en la crisis. Por lo tanto, tenía menos poder e iniciativa que Balcarce.
Bajo su gobierno, la Sociedad Popular Restauradora organizó una fuerza de choque, formada por dos cuerpos de policías volantes con muy amplias atribuciones, La Mazorca. Sus comandantes eran Ciriaco Cuitiño y Andrés Parra. La Mazorca atacó las viviendas de notorios partidarios del gobierno depuesto, y hasta la del embajador francés. Antes de fin de año, muchos de los lomos negros más destacados había emigrado a Montevideo. Se pasarían a la oposición decidida a Rosas y se unirían a los unitarios en su lucha contra él a fines de esa década.
Cualquier posible oposición en la ciudad pasó a ser controlada por la Mazorca y, en el campo, los comandantes pudieron actuar sin límites contra toda disidencia. El partido federal no sólo no volvió a tolerar disidencias externas, sino que consideró como traición cualquier gesto de independencia frente a Rosas.
Viamonte renunció al año siguiente y, tras el interinato de Maza, en 1835 asumió nuevamente el gobierno Juan Manuel de Rosas. No sólo con las "facultades extraordinarias", sino con la "suma del poder público" y sin oposición posible.

lunes, 4 de septiembre de 2017

1994 la reforma constitucional bonaerense

La reforma constitucional bonaerense comenzó formalmente a fines de 1993. Concretamente, el 2 de diciembre de ese año la Cámara de Diputados aprobó la necesidad de reforma de la Carta Magna, cuatro días después es sancionada por la Cámara de Senadores. La ley es promulgada por el Poder Ejecutivo el 23 de diciembre a través del Decreto 4598/93 y, finalmente, la normativa es publicada en el Boletín Oficial el 17 de enero de 1994.
Así se declaró necesaria la Reforma Parcial de la Constitución y se adoptó para tal “reforma parcial” la modalidad de Convención Reformadora.
La necesidad de la reforma se declaró para partes de la Constitución provincial que comprendía a los artículos 10, 17, 46, 53, 62, 71, 100, inciso 6), 110, 113, 117, 149, inciso 3, 151, 154, y 165. También eran susceptibles de ser reformados el Capítulo IV de la Sección Quinta, la Sección Sexta, Capítulo Único y la Sección Séptima, Capítulos I y II.
El acuerdo para reformar la Constitución provincial alcanzado en la Legislatura establecía que la Convención Reformadora “deberá considerar los siguientes temas” para ser incorporados a la Constitución de Buenos Aires: 1) Establecimiento de garantías sobre no discriminación. 2) Consagración expresa del amparo. 3) Reconocimiento de nuevos derechos para los habitantes de la Provincia. 4) Protección del medio ambiente. 5) Formas de democracia semidirecta. 6) Defensa del Orden Constitucional. 7) Exigencias de mayorías calificadas para la sanción de las leyes que versen sobre: Régimen Electoral, Régimen Municipal y modificación del número de Jueces de la Suprema Corte de Justicia.
La sanción de esta ley, de necesidad de reforma, por parte de la Legislatura fue considerada “un acuerdo político y social que no reconoce antecedentes en nuestro territorio”.
Cabe recordar que el 5 de agosto de 1990, el pueblo de la provincia de Buenos Aires, consultado acerca de la reforma parcial de la Constitución se pronunció en contra.
No obstante, esta cabal manifestación popular, se consideraba que “la dinámica social y política de la Provincia”, evidenciaba la necesidad de adaptar y actualizar algunos contenidos constitucionales rescatando aquel mensaje de la ciudadanía y entendiendo que aquella reforma contenía aspectos e instituciones no del todo arraigadas.
Entre otros temas, se mostraba como una necesidad el reconocimiento de garantías contra la discriminación, la expresión constitucional del Amparo, la protección del medio ambiente, la consagración de formas de democracia semidirecta, la defensa del orden constitucional, la ampliación del período de sesiones ordinarias de las cámaras legislativas, la creación del Fuero Contencioso Administrativo, y otras más que a partir de la convocatoria realizada podrían ser consideradas por la Convención Reformadora “donde reposa el poder constituyente del pueblo de la provincia de Buenos Aires”.
Es así entonces, que después de aquel pronunciamiento de 1990, los dirigentes políticos insistían cuatro años después en la necesidad de la reforma parcial de la Constitución para adecuarla a “las exigencias de un país que aprende con esfuerzos a vivir en democracia, aceptando que esta no es sólo una forma de Gobierno, sino esencialmente un estilo de vida que es la coronación del proceso de liberación del ser humano”.
Por lo tanto, sorteado ese debate político y promulgada la ley, el Poder Ejecutivo provincial estableció la simultaneidad de elección de convencionales constituyentes nacionales, con la de Diputados Convencionales Provinciales, y convocó al electorado al acto comicial a celebrarse el día 10 de abril de 1994, a efectos que se proceda a la elección de 72 convencionales constituyentes nacionales y 138 diputados convencionales provinciales.

jueves, 6 de abril de 2017

Código de Honor Del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín

De la misma forma en la que San Martín reclamaría de los granaderos el acatamiento de una conducta ejemplar frente a la sociedad y el Ejército, haría caso irrestricto de tales disposiciones sosteniendo como forma de vida la política de «predicar con el ejemplo».
Un Escuadrón de Granaderos de los Andes, al mando del Sargento Mayor Juan Galo de Lavalle

La férrea disciplina, el culto al valor y al honor, la exigencia y rigurosidad en la instrucción física y militar quedarían entonces patentes en las siguientes disposiciones, establecidas en aquel entonces como la lista de «Delitos por los cuales deben ser arrojados los oficiales», a fin de establecer una norma de conducta para los oficiales del regimiento que sentara el ejemplo para el resto de la tropa. Esta dicta:4
Por cobardía en acción de guerra, en la que aún agachar la cabeza será reputado tal.
Por no admitir un desafío, sea justo o injusto.
Por no exigir satisfacción cuando se halle insultado.
Por no defender a todo trance el honor del cuerpo cuando lo ultrajen a su presencia o sepa ha sido ultrajado en otra parte.
Por trampas infames como de artesanos.
Por falta de integridad en el manejo de intereses, como no pagar a la tropa el dinero que se haya suministrado para ella.
Por hablar mal de otro compañero con personas u oficiales de otros cuerpos.
Por publicar las disposiciones internas de la oficialidad en sus juntas secretas.
Por familiarizarse en grado vergonzoso con los sargentos, cabos y soldados.
Por poner la mano a cualquier mujer aunque haya sido insultado por ella.
Por no socorrer en acción de guerra a un compañero suyo que se halle en peligro, pudiendo.
Por presentarse en público con mujeres conocidamente prostituidas.
Por concurrir a casas de juego que no sean pertenecientes a la clase de oficiales, es decir, jugar con personas bajas e indecentes.
Por hacer un uso inmoderado de la bebida en términos de hacerse notable con perjuicio del honor del cuerpo.
Tiempo después, y en virtud de los valores que inculcara en el Regimiento de Granaderos a Caballo, diría el mismo San Martín:
De lo que mis Granaderos son capaces,
solo lo sé yo.
Quien los iguale habrá;
quien los exceda, no.

5 de Abril de 1818: Triunfo en la Batalla de Maipú

La Batalla de Maipú fue un enfrentamiento armado que tuvo lugar el 5 de abril de 1818, en el valle del Maipo, cercano a Santiago de Chile, entre las fuerzas patriotas revolucionarias conformadas por soldados argentinos de las Provincias Unidas y soldados del Ejercito de Chile contra los realistas, el cual decidió la Independencia de Chile y en gran parte la del Cono Sur.
Se enfrentaron el Ejército Unido (coalición del Ejercito de los Andes y el Ejercito Chileno) al mando del general en jefe José de San Martín contra el ejército realista bajo las órdenes del general Mariano Osorio.
El general chileno Bernardo O'Higgins, convaleciente de una gran herida (producto de la derrota aliada en Cancha Rayada), se presentó poco antes de terminado el último ataque contra los realistas y entusiasmados por la victoria San Martín y O'Higgins se abrazaron victoriosos en una escena que dio origen a un cuadro, el histórico abrazo conocido como El abrazo de Maipú, donde O'Higgins le dice a San Martín ¡Gloria al salvador de Chile! y San Martín le responde General: Chile jamás olvidará su sacrificio presentándose al campo de batalla con su gloriosa herida abierta. Gracias a esta batalla se aseguró la Independencia de Chile.
San Martín, desde su caballo, dictó el primer parte de la batalla al cirujano Diego Paroissien, que lo escribió con las manos ensangrentadas a causa de los heridos que ha debido amputar:
"Acabamos de ganar completamente la acción. Un pequeño resto huye: nuestra caballería lo persigue hasta concluirlo. La Patria es libre."
Cuando llegó a las Provincias Unidas del Río de la Plata la noticia del gran triunfo de San Martín en Maipú, se organizaron bailes y festejos. Los vecinos iban de casa en casa, donde se felicitaban y abrazaban, llenos de júbilo.
La batalla de Maipú es considerada como un ejemplo de táctica y estrategia, siendo, sin duda, la más importante librada por San Martín.
Fueron aprovechados, en forma debida, los movimientos previos y posteriores a la batalla, se usaron con precisión las armas y la reserva atacó en el momento justo al enemigo por su flanco más débil. La victoria aumentó la moral de las tropas patriotas, ocurriendo el efecto contrario en las realistas. Sería, además, un hito para triunfos posteriores.

viernes, 24 de marzo de 2017

El valiente Coronel Pascual Pringles

Juan Pascual Pringles nació en San Luis el 17 de mayo de 1795 y murió cerca de río Quinto el 19 de mayo de 1831. Sus padres fueron Gabriel Pringles y Andrea Sosa.

La leyenda cuenta que su casa paterna estaba levantada en la esquina de 9 de Julio y Colón. No se sabe muy bien dónde estudió. Es probable que haya aprendido a leer y escribir en su casa o con algún maestro particular. El futuro guerrero de la Independencia se inició como empleado de comercio en Mendoza. El destino se empecina en tejer esos pequeños contrastes. Durante dos o tres años el joven Juan Pascual se desempeña detrás de un mostrador en la tienda de don Manuel Tabla. En algún momento decide dejar las comodidades del empleo para asumir su destino militar.
Bajo las órdenes de Vicente Dupuy, gobernador de la provincia, el joven Pringles aprende a manejar las armas. Para esa fecha se casa con Valeriana Villegas que será la madre de su única hija: Fermina Nicasia. A mediados de 1818, soldados y oficiales realistas están confinados en San Luis. Es la sanción impuesta por San Martín a los derrotados en Chacabuco. En febrero de 1819 los prisioneros se amotinan bajo las órdenes del general José Ordóñez. No se sabe bien si tomaron la Casa de Gobierno o estuvieron a punto de tomarla. Lo que se sabe es que la respuesta patriota fue fulminante y los amotinados fueron reducidos. Dos personajes se destacaron en ese operativo. Uno se llamaba Pringles; el otro, Facundo Quiroga. Hay que prestar atención a este detalle porque años más tarde el destino volvería a juntarlos.
Un pequeño drama de amor acompaña estas jornadas. El general Ordoñez se enamora de Margarita Pringles, la hermana de Juan Pascual. También está enamorado de ella Bernardo de Monteagudo, pero los favores de la dama son para Ordóñez. Se dice que la pasión amorosa tuvo alguna relación con la rebelión y el posterior ajuste de cuentas. Lo que se sabe es que Monteagudo ordenó fusilar a Ordóñez. En materia amorosa, Monteagudo no era buen perdedor. Tampoco le temblaba el pulso.
En las Chacras de Osorio, el joven Pringles se incorpora al ejército que San Martín estaba formando para marchar a Perú. La expedición sale de Valparaíso el 20 de agosto de 1820. Tres meses después Pringles vivirá su hora más gloriosa. San Martín le había encargado que acompañara a un emisario que debía negociar la deserción de un regimiento español integrado por americanos.
Pringles sale con diecisiete granaderos. En la Caleta de Pescadores, cerca de Chancay, decide hacer un alto. De pronto aparecen en el horizonte dos escuadrones de dragones armados hasta los dientes. Son más de 500 hombres contra 17. El jefe español exige rendirse. El único grito que se oye en el silencio atroz de la tarde es su voz gritando “a degüello” . Los godos no podían creer lo que estaban viendo. Apenas diecisiete hombres se abalanzan sobre ellos como si fueran soldados de juguete.
Después del primer encontronazo, Pringles y un puñado de sobrevivientes quedan acorralados. Al frente, los españoles; a sus espaldas, el océano. La voz de general Valdez vuelve a reclamar rendición. Pringles no lo duda. No ha venido al Perú a rendirse. Se envuelve en la bandera y se lanza con sus soldados al abismo. El coraje es contagioso. Desde el acantilado, los soldados españoles saludan a los bravos. Las olas los arrastran hasta la costa. Valdez propone ahora la rendición condicional. A Pringles y a sus soldados se les respetará la vida y no están obligados a entregar documentos o a revelar secretos.
Unas semanas después, los prisioneros serán canjeados por prisioneros españoles. Valdez le envía un parte al coronel Alvarado en el que pondera las virtudes guerreras de Pringles. San Martín, cuando se entera de la noticia, no lo duda. Ordena que se forjen medallas para Pringles y sus hombres. La medalla tiene inscripta esta frase: “ Gloria a los vencidos de Chancay”.
Y entramos ahora al último tramo de la historia. El escenario son las soledades de San Luis y Córdoba. Otra vez la mano del destino. Pringles acaba de ser derrotado por las tropas de Facundo Quiroga en San José del Morro. Se repliega hasta la provincia de San Luis. Está rodeado. Lo sabe y no le importa. Confía en su estrella. Ha conocido momentos peores. En las orillas del río Quinto es derrotado otra vez. Un oficial le ordena rendirse. Pringles dice que sólo entregará su espada al general Quiroga. El oficial le dispara a quemarropa.
Durante dos o tres días Pringles agoniza en medio del desierto. La patrulla llega finalmente hasta el campamento de Quiroga. Orgulloso, el oficial le muestra el cadáver. Quiroga ya está enterado de todo. Siempre sabía todo. Sus ojos negros brillan furiosos. La leyenda cuenta que los destinatarios de aquellas miradas fue lo último que vieron en la vida.
“ ¡Por no manchar con tu sangre el cadáver del valiente Pringles -le dice- es que no te hago pegar cuatro tiros ahora mismo!. ¡Cuidado otra vez -miserable- que un vencido invoque mi nombre!” Quiroga se ha sacado su poncho, el poncho que lo acompañó en tantas batallas y que lo protegió del frío y de la lluvia, de la soledad y de las derrotas. Se ha puesto de rodillas. Los hombres lo miran en silencio. Con un cuidado, con una delicadeza que ninguno de sus soldados conocía, cubre el cuerpo del bravo coronel Pringles. Imposible un homenaje más justo y más digno.



jueves, 23 de febrero de 2017

Tratado de Pilar

Francisco Ramírez
El Tratado del Pilar fue un pacto firmado en Pilar (República Argentina) el 23 de febrero de 1820, entre Manuel de Sarratea (electo como gobernador provisorio de la Provincia de Buenos Aires) y dos de los gobernadores de la Liga Federal: Estanislao López (Provincia de Santa Fe) y Francisco Ramírez (Provincia de Entre Ríos). El pacto se firmó después de la derrota de las tropas unitarias - casi en su totalidad porteñas -en la primera Batalla de Cepeda (del 1 de febrero de 1820).
Buenos Aires había caído en un desorden, en consecuencia el 16 de febrero de 1820 se convocó un Cabildo Abierto en el cual se creó una Junta de Representantes, la cual designó a Manuel de Sarratea como gobernador interino de la provincia de Buenos Aires. Éste se propuso llegar a un acuerdo con López y Ramírez, firmando el tratado en la localidad bonaerense de Pilar.
Las principales disposiciones del tratado fueron que:
Proclamaba la unidad nacional y el sistema federal (preconizado por José Gervasio Artigas).
Convocaba, en el plazo de 60 días, a una reunión de representantes de las tres provincias en el convento de San Lorenzo, para convenir la reunión de un congreso que permitiese reorganizar el gobierno central.
Establecía el fin de la guerra y el retiro de las tropas de Santa Fe y Entre Ríos a sus respectivas provincias.
Buenos Aires se comprometía a ayudar a las otras provincias en caso de ser atacadas por los luso-brasileños.
Los ríos Uruguay y Paraná se declaraban navegables para las provincias amigas.
Concedía una amplia amnistía a los desterrados o perseguidos políticos.
Determinaba el enjuiciamiento de los responsables de la administración anterior “por la repetición de crímenes con que se comprometía la libertad de la Nación”
Disponía la comunicación del tratado a José Artigas, “para que siendo de su agrado, entable desde luego las relaciones que puedan convenir a los intereses de la Provincia de su mando, cuya incorporación a las demás federadas, se miraría como un dichoso acontecimiento”.
Un compromiso secreto entre los dos gobernadores federales y Sarratea preveía la entrega, a los dos primeros, de auxilios y armas. Los dos gobernadores fueron invitados por el gobierno de Buenos Aires, ciudad donde estuvieron en calidad de huéspedes.
López y Ramírez, fortalecidos por su victoria frente a Buenos Aires, se encontraron forzados a desconocer la autoridad de Artigas ya que éste había sido derrotado en la Batalla de Tacuarembó por los lusobrasileños. Consideraban más correcto estratégicamente reorganizar sus provincias y abandonar de momento la guerra contra los lusobrasileños que les imponía la estrecha alianza con Artigas, quien por esto rechazó el tratado y los acusó de traición.
Los gobernadores de Santa Fe y de Entre Ríos (y luego de Corrientes) consideraban fuera de sus prioridades continuar con la guerra contra la Invasión Luso-brasileña. Suponían que esto arrastraría a sus provincias a una guerra defensiva en su propio territorio y debían concentrar sus fuerzas para imponerse a Buenos Aires que, en ese momento, les parecía más amenazante a sus intereses. Toda la Provincia Oriental, la parte Este de Corrientes y casi toda la Provincia de Misiones se encontraban bajo el poder de los invasores lusobrasileños, que podrían atacar a sus provincias impunemente tal cual estaba ocurriendo con la de Entre Ríos que vio ocupada su capital de entonces (Concepción del Uruguay) por tropas lusobrasileñas (Sorpresa del Arroyo de la China). Para frenar la invasión lusobrasileña lo único que parecía viable a López y Ramírez era aceptar una alianza con los unitarios, aunque éstos fueran enemigos declarados de Artigas. Creyeron conseguirlo con Sarratea, que también era uno de los federales victoriosos, ahora al mando de Buenos Aires. Artigas fue olvidado. Si tal alianza salvó a la Mesopotamia argentina de una anexión al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve, también sirvió para confirmar la anexión al mismo de la Banda Oriental.
El chileno José Miguel Carrera se desentendió de la guerra del litoral y movilizó su ejército hacia Chile. Desplegó una compleja campaña de muchos éxitos, grandes desplazamientos y no pocos sufrimientos. Casi logra su propósito, pero finalmente fue abortada en Mendoza, en la batalla final de Punta de Médano.
El Tratado de Pilar es uno de los pactos preexistentes a los que hace mención el preámbulo de la Constitución Argentina
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