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lunes, 6 de febrero de 2012

EL COMBATE DE SAN LORENZO - Bartolomé Mitre (1821-1906)

El río de la Plata y sus afluentes reconocían por únicos señores a los marinos de Montevideo, quienes hostilizaban todo el litoral argentino. El gobierno de la revolución, para contrarrestarlos levantó baterías frente al Rosario y en Punta Gorda(aprox. 50 km. al norte de Rosario), pero el río Paraná continuaba siendo el teatro de sus continuas depredaciones. En octubre de 1812 fueron cañoneados, asaltados y saqueados los pueblos de San Nicolás y San Pedro.
Alentados por el éxito de estas empresas los realistas resolvieron darles extensión, como medio de hostilidad permanente. Organizaron sigilosamente una escuadrilla con el plan de remontar el río, destruir las baterías del Rosario y Punta Gorda, y subir hasta el Paraguay apresando en su trayecto los buques de cabotaje que se ocupaban del tráfico comercial con aquella provincia. Se confió la dirección del convoy al corso español Rafael Ruiz, y al mando de la tropa de desembarco al capitán Juan Antonio Zabala. En enero llegaron estas noticias al gobierno de Buenos Aires, que mandó desarmar las baterías del Rosario, por no considerar conveniente su defensa. Al mismo tiempo, dispuso se reforzasen las baterías de Punta Gorda y ordenó al coronel del recientemente creado Regimiento de Granaderos a Caballo, José Francisco de San Martín que con una parte de su regimiento protegiese las costas del Paraná desde Zárate hasta Santa Fe.
La expedición naval realista, procedente de Montevideo, penetró por las bocas del Guazú a mediados del mes de enero de 1813. Se componía de 11 embarcaciones armadas, tripuladas por 300 hombres. Aunque retrasada la expedición por los vientos del norte, San Martín apenas tuvo tiempo de salir a su encuentro a la cabeza de 140 granaderos y destacó algunas partidas para vigilar la costa del río. El 28 de enero la flotilla enemiga pasó por San Nicolás. El 30 subió más arriba del Rosario, sin hacer ninguna hostilidad. El comandante militar del Rosario, don Celedonio Escalada, reunió la milicia para oponerse al desembarco. Consistía su fuerza en 22 hombres armados, 30 de caballería y un cañoncito manejado por media docena de artilleros.
En la noche levaron anclas los buques españoles, y el día 30 amanecieron frente a San Lorenzo, veintiséis kilómetros al norte del Rosario, anclando a 200 metros de la orilla. Las altas barrancas, escarpadas como una muralla, sólo son accesibles por los puntos en que la mano del hombre ha abierto sendas, practicando cortaduras. Sobre la alta planicie que corona la barranca se levanta el convento de San Carlos, con sus grandes claustros de sencilla arquitectura. Un destacamento español desembarcó con el objeto de requerir víveres a los frailes y ante la llegada de Escalada, que con 50 hombres constituía la avanzada de San Martín, se replegó a sus naves. En la noche del 31 fugó de la escuadrilla el paraguayo José Félix Bogado. Por él se supo que toda la fuerza de la expedición realista no pasaba de 350 hombres. Inmediatamente transmitió Escalada esta noticia, y uno de sus mensajeros encontró al coronel San Martín al frente de los granaderos, cuya marcha se había retrasado en dos jornadas respecto de la expedición naval española. Sin estas circunstancias casuales, que dieron tiempo para que todo se preparase convenientemente, el combate de San Lorenzo no habría tenido lugar.
Angel Della Valle. Combate de San Lorenzo, detalle de la carga de Granaderos.
Óleo. MHN. Buenos Aires.
San Martín, con su columna, seguía a marchas forzadas. En la noche del día 2 de 'febrero, llegó a la posta de San Lorenzo, distante cinco kilómetros del convento. Allí encontró los caballos que Escalada había hecho llevar a modo de remonta. Esa misma noche la columna patriota arribó al convento de San Carlos, en San Lorenzo. Todas las celdas estaban desiertas y ningún rumor se percibía en los claustros. Cerrado el portón, los escuadrones echaron pié a tierra en el gran patio del convento, prohibiendo el coronel que se encendiesen fuegos, ni se hablara en voz alta. San Martín, provisto de un catalejo, subió a la torre de la iglesia y se cercioró de que el enemigo estaba allí por las señales que hacía por medio de fanales. Seguidamente reconoció el terreno vecino y, tomando en cuenta las noticias suministradas por Escalada, formó inmediatamente su plan.
Al frente del convento se extiende una alta planicie, adecuada para las maniobras de la caballería. Entre el atrio y el borde de la barranca acantilada, a cuyo pie se extiende la playa, media una distancia de poco más de 300 metros, lo suficiente para dar una carga de fondo. Con estos conocimientos, San Martín dispuso que los granaderos saliesen del patio y se emboscaran formados tras los macizos claustros y las tapias posteriores del convento. Al rayar la aurora, subió por segunda vez al campanario provisto de su anteojo militar. Pocos momentos después de las cinco de la mañana las primeras lanchas de la expedición española, cargadas de hombres armados, tomaban tierra. Eran dos pequeñas columnas de infantería en disposición de combate. San Martín se puso al frente de sus granaderos y arengó a quienes por primera vez iba a conducir a la pelea. Después de esto tomó el mando del 2º escuadrón y dio el del 1º al capitán Justo Bermúdez, con prevención de flanquear y cortar la retirada a los invasores: "En el centro de las columnas enemigas nos encontraremos, y allí daré a Ud. Mis órdenes." Los enemigos, unos 250 hombres, venían formados en dos columnas paralelas con la bandera desplegada y traían dos piezas de artillería al centro. En aquel instante resonó por primera vez al clarín de guerra de los Granaderos a caballo. Salieron por derecha e izquierda del monasterio los dos escuadrones, sable en mano y en aire de carga, tocando a degüello. San Martín llevaba el ataque por la izquierda y Bermúdez por la derecha. El combate de San Lorenzo tiene de singular que ha sido narrado con encomio por el mismo enemigo vencido: "Sin embargo, de la primera pérdida de los enemigos, desentendiéndose de la que les causaba nuestra artillería, cubrieron sus claros con la mayor rapidez, atacando a nuestra gente con tal denuedo que no dieron lugar a formar cuadro."
Las cabezas de las columnas españolas desorganizadas en la primera carga, que fue casi simultánea, se replegaron sobre las mitades de retaguardia y rompieron un nutrido fuego contra los agresores, recibiendo a varios de ellos en la punta de sus bayonetas. San Martín, al frente de su escuadrón, se encontró con la columna que mandaba en persona el comandante Zabala. Una descarga de fusilería mató a su caballo y le derribó en tierra, quedando aprisionada bajo el corcel ya muerto una de sus piernas. Trábase a su alrededor un combate parcial de arma blanca, recibiendo él una ligera herida de sable en el rostro. Un soldado español se disponía a atravesarlo con la bayoneta, cuando uno de sus granaderos, llamado Baigorria, traspasó a realista con su lanza. San Martín habría sucumbido en aquel trance, si otro de sus soldados no hubiese venido en su auxilio, echando pie a tierra y arrojándose sable en mano en medio de la la refriega.
Con fuerza y serenidad Juan Bautista Cabral, desembaraza a su jefe del caballo muerto y recibe, en aquel acto, dos heridas mortales, gritando con entereza: ¡Muero contento. Hemos batido al enemigo!
El capitán Bermúdez, a la cabeza del escuadrón de la derecha, hizo retroceder la columna que encontró a su frente. La victoria se consumó en menos de un cuarto de hora. Los españoles, desconcertados y deshechos por el doble y brusco ataque, abandonaron en el campo su artillería, sus muertos y heridos, y se replegaron haciendo resistencia sobre el borde de la barranca, donde intentaron formar cuadro. La escuadrilla rompió fuego para proteger la retirada, y una de sus balas hirió al capitán Bermúdez en el momento en que llevaba la segunda carga. El teniente Manuel Díaz Velez, que lo acompañaba, arrebatado por su entusiasmo y el ímpetu de su caballo, se despeñó de la barranca. Los últimos dispersos españoles se lanzaron en fuga a la playa baja, precipitándose muchos de ellos al despeñadero. Los granaderos tuvieron veintisiete heridos y quince muertos.
San Martín suministró generosamente víveres frescos para los heridos enemigos, a petición del jefe español. A la sombra de un pino añoso, que todavía se conserva en el huerto de San Lorenzo, firmó el parte de la victoria.
El combate de San Lorenzo, aunque de poca importancia militar, fue de gran trascendencia para la revolución. Pacificó el litoral de los ríos Paraná y Uruguay, dando seguridad a sus poblaciones; mantuvo libre la comunicación con Entre Ríos, que era la base del ejército sitiador de Montevideo; privó a esta plaza del auxilio de víveres para prolongar su resistencia; conservó franco el comercio con el Paraguay, que era una fuente de recursos y, sobre todo, dio un nuevo general a sus ejércitos y a sus armas un nuevo temple.

miércoles, 18 de enero de 2012

La dignidad como obligación

Sobran los dedos de una mano para contar los hechos y personas sobre los que puede decirse, sin temor a equivocación, que han logrado, por consenso unánime, el reconocimiento de los argentinos. La Revolución de Mayo porque abrió el camino hacia la emancipación y cambió el principio de la legitimidad del poder; la declaración del 9 de julio de 1816 porque hizo efectiva la independencia; Manuel Belgrano, porque fue el creador de la bandera y su trayectoria se admite como ejemplo de virtudes cívicas en el más amplio sentido de la expresión; finalmente San Martín, porque su acción militar y su lucidez política, libre de ambiciones personales espurias, puestas al servicio de la libertad de su país y de América hispana, permiten reconocerlo como un símbolo de la consolidación de los ideales contenidos en los acontecimientos fundadores del decenio de 1810.

Una construcción que comenzó el siglo pasado a doce años de su muerte cuando se inauguró su estatua en la plaza llamada Campo de Marte, que a partir de 1878, al cumplirse el primer centenario del nacimiento de San Martín, fue rebautizada con su nombre. Para entonces, habían cobrado nuevos impulsos las iniciativas para repatriar los restos y cumplir con el deseo expresado en su testamento (1844) de que su corazón descansara en Buenos Aires. La repatriación se concretó en 1880 y los restos se depositaron en un mausoleo en la catedral porteña. El centenario de San Martín se había cumplido cuando el país comenzaba a recuperarse de la crisis económica de 1873 y el retorno de sus restos había venido a consagrar, simbólicamente, el fin de las disputas por la federalización de Buenos Aires y la consiguiente consolidación de la unión nacional. Pocos años después, Bartolomé Mitre publicaba su Historia de San Martín y la emancipación sudamericana, constituyéndose la obra en la coronación intelectual de los fastos sanmartinianos. El mito se había entronizado definitivamente y los discursos y las acciones de la posteridad mostrarían hasta dónde, en el ancho campo de las ideologías, San Martín era la figura emblemática que podía comprender a todos.
La escuela, alentada por el espíritu del catecismo patriótico nacido al calor del centenario de la Revolución de Mayo, no hizo sino cristalizar una imagen sanmartiniana que con el paso de los años, cuanto más declamaba el rescate del hombre, más destacaba su estatua. Por su lado, en la confluencia entre historia, cultura y política –donde dos modelos calaron muy hondo, la educación ciudadana y el hombre político como gran hombre, conductor de pueblos e inspirador del alma colectiva– San Martín revelaría, con independencia del ángulo ideológico desde el que se lo utilizara, la validez instrumental de tales modelos. Cada quien entresacó de las acciones y los gestos del prócer aquello que podía actuar como prueba eficiente de su visión de la historia. Mientras, desde 1933, por disposición del gobierno del general Justo, el 17 de agosto pasaba a ser feriado nacional en conmemoración del héroe magno de la nacionalidad, el revisionismo rosista de los años treinta levantó la donación del sable hecha por San Martín a Rosas como la convalidación de los méritos del gobernador de Buenos Aires para integrar el panteón nacional, cosa que le había negado, muy especialmente, la historiografía liberal y seguiría haciéndolo. Ni unos ni otros lo dijeron todo y por fin, no se trató sino de otro episodio de apropiación ideológica de la historia, que en cada época dirimió sus propias rencillas apoyándose en los hechos del pasado para justificar mejor o peor cuestiones de cada presente.
Con la revolución de 1943, el Ejército, entonces al frente del Estado, se hizo cargo, absolutamente, de la administración de los honores a San Martín. Se instituyó, el 17 de agosto de ese año, la Orden del Libertador San Martín, condecoración destinada al reconocimiento de los servicios prestados al país o a la humanidad por personalidades extranjeras, asociando así el mayor premio otorgado por la Nación a la figura intachable del padre de la patria. Por otra parte, el Instituto Nacional Sanmartiniano, corporación surgida en 1933 por iniciativa privada, también pasó a depender del Ejército en 1944, después de la celebración del aniversario sanmartiniano de ese año. Perón asistió a la celebración en su calidad de vicepresidente de la Nación y en el desfile participaron, junto a los militares, delegaciones sindicales. El coronel sembraba y la cosecha sería abundante. En 1949, la ley 13.661 declaró a 1950, centenario de su muerte, Año del Libertador General San Martín. La apoteosis sanmartiniana se renovaría cada día de los 365 de 1950 y el general Perón, imbuido como militar y político, del fervor patriótico que convenía a un conductor de pueblos como él, encontró el escenario ideal para impulsar la causa de la reelección que le había habilitado la reforma constitucional. El culto al prócer le servía de maravillas para catequizar con el ejemplo de los grandes hombres y el respeto y la admiración debidas a quienes lo daban todo por la ventura de su patria.
En 1978, año del bicentenario del nacimiento de San Martín, se llevaron a cabo dos celebraciones de muy distinto orden. El Campeonato Mundial de Fútbol y el II Congreso Internacional Sanmartiniano. El primero, de alcance masivo, serviría al autodenominado Proceso de Reorganización Nacional para más de un objetivo, entre otros asociar torpemente al triunfo deportivo a la buena gestión del gobierno. El segundo, donde la moderación de los discursos oficiales no alcanzó para ocultar el fondo de sus intenciones políticas y de su ideología, ofició de gran homenaje a San Martín y recogió las investigaciones tanto de experimentados como de jóvenes estudiosos del país y del extranjero y el quehacer de la historia contribuyó, por pocos días, a brindar alguna serenidad frente a las angustias de una sociedad castigada por la falta de garantías constitucionales, entre otras muchas calamidades.
 Si en algún lado anida, en este momento, la herencia de San Martín, es en el esfuerzo silencioso de esa mayoría del país que cada día, convencida de los valores de la democracia, no proclama, pero sí ejerce la defensa de su dignidad y de su libertad.